Mi primer viaje solo fue a Rusia: Moscú y San Petersburgo diez años después

El 8 de agosto de 2016 me subí a un avión rumbo a Moscú.

Era mi primer viaje solo de verdad. Y cuando digo primero, no exagero demasiado: aquel españolito no se había ido solo ni a Cádiz y había decidido estrenarse viajando a Rusia.

Ayer se cumplieron exactamente diez años.

Y todavía recuerdo perfectamente una de las sensaciones que tuve durante aquel viaje: pensar, en diferentes momentos, «¿qué hago yo aquí?».

Pero para explicar cómo terminé aterrizando solo en Moscú hay que empezar unos años antes.

Todo empezó de una manera que no tenía nada que ver con viajar

En 2013 me llamaron para participar como músico en una producción de Grease que hicieron unos chicos de la Universidad Autónoma. Acabamos representándola en Salamanca y de allí surgió otra posibilidad.

Al director del coro debió de gustarle mi trabajo y me habló de unas canciones que había compuesto para una de las chicas. Estaba intentando mover el proyecto y parecía que podía salir algo interesante.

Yo dije que sí.

Pocos meses después apareció una persona dispuesta a poner dinero para financiar un disco y la posibilidad de trabajar con gente bastante importante del sector.

Cuando empezó a entrar dinero también llegó una condición: querían exclusividad.

Acepté.

Puede que hoy hubiera tomado otra decisión, pero entonces significó dejar la orquesta con la que trabajaba habitualmente durante los veranos.

Y ocurrió algo que para mí era bastante extraño: en el verano de 2014 estaba en casa.

El proyecto seguía desarrollándose y terminamos grabando, pero yo tenía mucho más tiempo libre del que había tenido otros años.

Y entonces apareció YouTube.

Primero fueron vídeos con anécdotas sobre Rusia. Después empecé a interesarme por el idioma. Me hice con un cuaderno y comencé a aprender el alfabeto cirílico.

Aquello dejó de ser una curiosidad.

Durante el invierno busqué una profesora de ruso en Madrid y empecé a estudiar en serio.

En 2015 quedó bastante claro que aquel proyecto musical no iba a terminar siendo exactamente lo que había imaginado. Hice algunos bolos como sustituto en orquestas, pero seguía teniendo tiempo.

Y para entonces tenía otra cosa metida en la cabeza:

quería ir a Rusia.

Tuve que esperar todavía un poco.

Hasta el 8 de agosto de 2016.

Sheremétievo: «¿Dónde está el tren a Moscú?»

Recuerdo perfectamente llegar al aeropuerto de Sheremétievo.

Había comprado el billete del tren que conectaba el aeropuerto con Moscú.

El problema era bastante pequeño.

No sabía cómo llegar al tren.

Ahí estaba yo, recién aterrizado en Rusia, viendo cirílico por todas partes, prácticamente sin experiencia viajando solo y empezando a preguntarme si aquello había sido una idea maravillosa o una estupidez considerable.

Al final vi a un guardia y recurrí a mi ruso:

Izvinite… gde poezd do Moskvy?

Perdone, ¿dónde está el tren a Moscú?

Me entendió.

Y aquello fue probablemente mi primera pequeña victoria del viaje.

Encontré el tren, me senté y empecé a mirar todo como un niño.

Los anuncios en ruso. Los carteles. La gente. El paisaje.

Y entonces apareció uno de esos pensamientos que todavía recuerdo diez años después:

«Lo he hecho, coño. Estoy aquí. ¿En qué lío me he metido?»

Mi primera noche en Moscú comenzó dentro de un charco

Llegué a Belorússkaya y conseguí encontrar el metro.

El alojamiento estaba solamente a una o dos estaciones.

Parecía fácil.

Salvo por un detalle.

Mi móvil llevaba muerto desde la escala en Roma.

Serían aproximadamente las diez de la noche cuando salí del metro.

Y Moscú decidió darme la bienvenida de una manera bastante particular.

Había una obra.

Y en medio de aquella obra había un charco enorme.

Yo conseguí salir de la estación y dirigirme prácticamente en línea recta hacia él.

No pisarlo un poco.

Meterme en el charco.

Había obreros trabajando y casi ni se percataron de que acababa de aparecer un señor de una boca de metro para introducirse voluntariamente en el agua.

Por suerte había memorizado antes del viaje el camino desde la estación hasta el hostel.

Sin móvil, sin GPS y con mis recién estrenados zapatos moscovitas convenientemente mojados, terminé encontrándolo.

Cuando llegué descubrí que llevaban varias horas intentando contactar conmigo.

Naturalmente, yo no sabía absolutamente nada.

Mi teléfono seguía muerto desde Roma.

Me fui a la habitación completamente agotado y pensé que por fin podría dormir.

Entonces llamaron a la puerta.

Era la chica de recepción.

Tenían que hacer algo relacionado con mi registro.

Era simplemente uno de los trámites normales relacionados con el alojamiento de extranjeros, pero hay que ponerse en mi situación: acababa de llegar por primera vez a Rusia, estaba muerto de cansancio y tenía delante a una rusa hablándome de un «registro».

Yo estaba convencido de estar dentro de una película.

La dueña del hostel decidió que era mejor no dejarme solo

A la mañana siguiente necesitaba cambiar más euros por rublos.

Pregunté a la dueña del hostel dónde podía hacerlo.

Esperaba que me indicara un banco.

Hizo algo diferente.

Debió de mirarme y pensar algo parecido a: «este se me pierde».

Cerró, dejó una nota en la puerta y me acompañó personalmente hasta un banco para ayudarme a cambiar el dinero.

Aquello fue una de mis primeras sorpresas del viaje.

Yo había llegado a Rusia con cierta sensación de estar entrando en un lugar complicado y, apenas unas horas después, una persona que prácticamente no me conocía estaba cerrando su negocio para acompañarme al banco.

Y no sería la última vez que alguien me ayudaría.

También recuerdo a una señora de una taquilla del metro que creo que me echó una bronca por llevar los billetes demasiado arrugados.

No entendí todo lo que me dijo.

Pero el tono era internacional.

Mi ruso todavía no llegaba al nivel necesario para mantener un debate sobre conservación de papel moneda.

La Plaza Roja y algo que no esperaba: el silencio

Aquella primera mañana fui hacia la Plaza Roja.

Antes de llegar hubo algo de Moscú que me llamó muchísimo la atención: las aceras me parecían exageradamente anchas.

Todo parecía construido a otra escala.

Y finalmente apareció delante de mí un lugar que hasta entonces solamente había visto en fotografías y televisión.

La Plaza Roja.

Y curiosamente, lo que más recuerdo de aquel primer momento no es San Basilio, ni el Kremlin, ni la sensación de monumentalidad.

Es el silencio.

Serían aproximadamente las diez de la mañana de un día laborable y probablemente no había nada extraordinario en ello.

Pero me sorprendió.

Había visto aquel lugar toda mi vida relacionado con desfiles, multitudes, acontecimientos históricos y grandes imágenes televisivas.

Y cuando finalmente llegué allí lo encontré tranquilo.

Casi silencioso.

A veces los lugares que llevas años imaginando deciden presentarse de una manera completamente diferente.

El restaurante donde terminé siendo «el de siempre»

La dueña del hostel también me recomendó un restaurante.

Me explicó que si decía que me alojaba allí me harían algún descuento.

Así que fui.

Y apareció un pequeño problema:

nadie hablaba inglés.

Aquello terminó convirtiéndose en mi primera relación cotidiana completamente en ruso.

La camarera que solía atenderme tenía mucha paciencia conmigo. Se daba cuenta perfectamente de cuál era mi nivel y me hablaba despacio para que pudiera entenderla.

El sitio además me encantó.

Era barato y tenía comida rusa que yo ya había visto mientras preparaba el viaje y que quería probar.

Así que volví.

Y volví otra vez.

Y otra.

Terminé comiendo allí casi todos los días que pasé en Moscú.

Llegó un momento en que aquella camarera prácticamente dejaba lo que estuviera haciendo para venir a atender al español que intentaba expresarse en ruso.

Durante unos días, en una ciudad gigantesca en la que inicialmente no conocía absolutamente a nadie, ya tenía “mi restaurante”.

Borsch, televisión rusa y una idea desde Moratalaz

El hostel también era bastante familiar.

Uno de aquellos días me invitaron a comer borsch.

Y recuerdo estar allí sentado con ellos mientras veían tranquilamente la televisión rusa.

No ocurrió nada extraordinario.

Precisamente por eso todavía lo recuerdo.

Unos días antes estaba en Madrid pensando cómo sería viajar solo por Rusia.

Ahora estaba sentado en un hostel de Moscú comiendo borsch mientras una televisión rusa sonaba de fondo.

Y recuerdo pensar algo parecido a:

«Esto desde Moratalaz no me lo imaginaba así».

También conocí a una chica a través de Couchsurfing que estaba aprendiendo español. Quedamos varias veces y me enseñó algunos lugares de la ciudad.

Poco a poco Moscú había dejado de ser aquel lugar enorme e intimidante al que había llegado sin batería unos días antes.

Empezaba a sentirme cómodo.

Y justo entonces tocaba marcharse a San Petersburgo.

«Tam»

Yo sabía que entre Moscú y San Petersburgo había trenes rápidos y modernos.

Y estaba convencido de haber comprado uno de ellos.

Llegué a la estación, encontré mi zona…

y vi un tren.

Pero aquel tren no era el que yo había decidido mentalmente que tenía que ser.

Así que esperé.

Y empecé a preocuparme.

¿Estaría en el lugar equivocado?

¿Por qué no aparecía mi tren?

¿Y si lo perdía?

¿Y cómo compraba otro sin internet?

La hora se acercaba peligrosamente hasta que terminé preguntando a un policía —o quizá fuera un miembro de seguridad, ya no lo recuerdo— que estaba en el andén.

Su respuesta fue extraordinariamente concisa:

Tam.

Allí.

Señaló el tren que yo llevaba un buen rato descartando.

Era mi tren.

Casi pierdo un tren porque no se parecía al tren que yo había decidido que había comprado.

Un tren que parecía llevarme a otra época

De aquel trayecto tengo un recuerdo extraño.

Durante el viaje había una televisión donde estuvieron poniendo una película rusa.

No recuerdo cuál era.

Ni siquiera sabría explicar exactamente qué tenía aquel tren.

Pero recuerdo la atmósfera.

La película, el sonido constante del ruso, el vagón, el paisaje…

Por algún motivo tuve la sensación de haber entrado en otra época.

Hay recuerdos que diez años después permanecen perfectamente definidos.

Otros sobreviven solamente como una sensación.

De aquel viaje hacia San Petersburgo me quedó precisamente eso: sentir que estaba muy lejos de casa.

San Petersburgo bajo la lluvia

San Petersburgo me gustó muchísimo.

Anduve una barbaridad.

Especialmente recuerdo la zona de la fortaleza de Pedro y Pablo, el lugar que allí me explicaban como el punto donde había nacido la ciudad.

[FOTO: fortaleza de Pedro y Pablo / Neva]

El hostel volvía a ser pequeño y familiar.

La dueña estaba casi siempre en la recepción, que hacía también de salón y cocina.

Cada vez que entraba o salía yo saludaba.

Ella contestaba con un movimiento de cabeza tan pequeño que casi había que comprobar si realmente se había producido.

Y también descubrí algo importante sobre agosto en San Petersburgo:

puede llover. Mucho.

Un día cayó la mundial.

Naturalmente yo no llevaba paraguas.

Tengo una inexplicable alergia a los paraguas que continúa hasta nuestros días.

Terminé intentando refugiarme bajo unos soportales y la gente fue haciéndome hueco para que pudiera meterme.

No hubo ninguna gran conversación.

Simplemente varias personas apartándose un poco para dejar sitio a un español empapado.

Y todavía me acuerdo.

Otro día salí a cenar y repetí una de las tradiciones del viaje:

me quedé sin batería en el móvil.

Esta vez no tenía tan clara la ruta para regresar.

Terminé preguntando por la noche a una chica.

Y después de intentar explicarme por dónde debía ir, decidió directamente acompañarme.

Era otra versión de aquel:

«Anda, que te llevo».

A esas alturas empezaba a sospechar que mi sistema de navegación más fiable en Rusia consistía en quedarme sin batería y encontrar a alguien dispuesto a rescatarme.

Volver

Después de San Petersburgo regresé a Moscú.

Creo que esta vez sí compré el Sapsan que llevaba imaginándome desde el principio.

Algo había aprendido.

Desde Moscú comenzó el viaje de vuelta a Madrid con escala en París.

Pero aquella aventura todavía tenía una última sorpresa preparada.

Mi avión llegó a Charles de Gaulle.

El siguiente salía desde Orly.

Y tenía unas dos horas.

No tengo muy claro cómo conseguí resolver aquello, pero apareció un autobús que conectaba ambos aeropuertos.

Se me apareció San Fito.

Conseguí llegar a Orly.

Y entonces, por primera vez en bastante tiempo, simplemente me senté.

Ya no tenía que encontrar ningún tren.

No tenía que localizar ningún hostel.

No estaba perdido.

Mi móvil podía quedarse sin batería todo lo que quisiera.

El viaje había terminado.

Y entonces me entró una especie de tristeza.

No era solamente porque estuviera dejando Rusia.

Era otra cosa.

Durante aquellos días me había perdido, había hablado ruso como había podido, había conocido gente, había comido con desconocidos, había encontrado pequeños lugares que durante unos días parecían míos y había recorrido dos ciudades que hasta entonces solamente existían en mi cabeza.

Y allí, sentado en Orly, comprendí algo.

Yo tenía que viajar.

Aquella era exactamente la experiencia que necesitaba.

Quería volver a sentir aquello.

Así que casi nada más regresar empecé a pensar en el verano siguiente.

Y volví.

Esta vez, además de Moscú y San Petersburgo, había otra ciudad esperándome:

Kazán.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *