Tuzex, Pewex e Intershop: las tiendas comunistas donde tu dinero no valía
Imagina entrar en una tienda estatal de tu propio país y descubrir que el dinero con el que cobrabas tu salario no servía para comprar allí.
No era un comercio clandestino ni una tienda privada escondida de las autoridades. Era un establecimiento creado y administrado por el propio Estado, lleno de café, vaqueros, perfumes, juguetes, cigarrillos, electrodomésticos y otros productos difíciles de conseguir en los comercios normales.
El problema era que para llevártelos no bastaba con tener coronas checoslovacas, marcos orientales o złotys polacos. En muchos casos necesitabas dólares, marcos occidentales o unos bonos especiales obtenidos a cambio de moneda extranjera.
Esta situación no fue una excepción aislada. Diferentes países socialistas crearon sus propias cadenas de tiendas de divisas: Tuzex en Checoslovaquia, Intershop en la República Democrática Alemana, Pewex y Baltona en Polonia, Corecom en Bulgaria y Comturist en Rumanía, entre otras. Su funcionamiento variaba, pero todas respondían a una misma necesidad: conseguir moneda convertible para unas economías que tenían dificultades para importar productos, tecnología y maquinaria.
Aquellas tiendas terminaron convirtiéndose en algo más que una herramienta económica. Fueron escaparates de Occidente, lugares de deseo y símbolos de una desigualdad que el discurso oficial prefería no reconocer.
Dos personas podían cobrar un salario parecido, pero si una recibía dólares de un familiar emigrado y la otra no, su capacidad para comprar determinados productos era completamente diferente. Tener dinero local no era suficiente: lo verdaderamente valioso era disponer de la moneda adecuada o conocer a alguien capaz de conseguirla.
Por eso la historia de Tuzex, Pewex e Intershop permite entender una de las grandes contradicciones de la vida cotidiana tras el Telón de Acero: los mismos Estados que criticaban públicamente el consumismo capitalista utilizaban los productos occidentales para atraer desesperadamente las divisas de sus rivales.
Y para comprender por qué aceptaron semejante contradicción, primero hay que explicar el problema que trataban de resolver.

Por qué los países socialistas necesitaban dólares y marcos occidentales
Para comprender la aparición de Tuzex, Pewex o Intershop hay que distinguir entre tener dinero y disponer de una moneda que otros países estuvieran dispuestos a aceptar.
Los ciudadanos de Checoslovaquia cobraban en coronas, los polacos en złotys y los habitantes de Alemania Oriental en marcos de la RDA. Esas monedas servían para pagar el alquiler, comprar alimentos, utilizar el transporte o adquirir los productos disponibles dentro de sus respectivos países. Sin embargo, no eran monedas libremente convertibles en los mercados internacionales.
Un Gobierno podía imprimir más moneda nacional o modificar administrativamente su valor, pero eso no significaba que una empresa occidental aceptara esas cantidades para venderle maquinaria, tecnología, medicamentos o materias primas. Para comerciar fuera del bloque socialista hacían falta las llamadas divisas fuertes, especialmente dólares estadounidenses, marcos de Alemania Occidental, francos suizos o libras esterlinas.
El problema era particularmente visible en la República Democrática Alemana. Durante la década de 1960, la RDA sufría una escasez crónica de divisas, pero necesitaba importar bienes y mantener relaciones comerciales con países capitalistas. Para conseguir moneda occidental, el Estado creó en 1962 las primeras Intershop en pasos fronterizos, estaciones, rutas de tránsito y otros lugares frecuentados por viajeros extranjeros.
La lógica inicial era bastante sencilla: si un conductor de Alemania Occidental atravesaba la RDA con marcos en el bolsillo, el Gobierno oriental quería que gastara parte de ese dinero antes de abandonar el país. Por eso aquellas primeras tiendas vendían artículos importados y productos libres de impuestos a viajeros procedentes del otro lado del Telón de Acero.
Pero los turistas no eran la única fuente posible de divisas.
También llegaba dinero a través de ciudadanos que trabajaban en el extranjero, familiares emigrados, diplomáticos, transportistas, marineros y personas relacionadas con el comercio internacional. En Alemania Oriental, además, muchas familias mantenían vínculos con parientes de Alemania Occidental que les enviaban dinero o paquetes.
En vez de permitir que esos dólares o marcos circularan libremente entre la población, los gobiernos trataron de dirigirlos hacia establecimientos controlados por el Estado. Las tiendas de divisas funcionaban así como intermediarias entre la economía planificada y determinados mecanismos de mercado que los regímenes socialistas aceptaban para captar recursos, financiar importaciones y modernizar sus economías.
El negocio podía resultar muy beneficioso. El Estado recibía moneda convertible y, a cambio, vendía productos cuyo atractivo era muy superior al de muchos artículos disponibles en el comercio ordinario.
Algunos eran importados directamente desde Occidente. Otros se fabricaban dentro del propio país, pero se reservaban para la exportación o para estas tiendas especiales porque podían venderse a cambio de divisas mucho más valiosas que la moneda local.
Esta necesidad económica explica una contradicción fundamental: los gobiernos socialistas no crearon aquellas tiendas porque quisieran promover el consumo occidental, sino porque necesitaban aprovechar el deseo que esos productos despertaban entre turistas y ciudadanos.
El sistema criticaba públicamente el capitalismo y su cultura de consumo, pero sabía que unos vaqueros, una botella de whisky, un perfume o un aparato electrónico podían atraer los dólares y marcos que necesitaba para operar fuera de sus propias fronteras.
Además, las tiendas ayudaban a reducir otro problema: el dinero extranjero que circulaba de forma clandestina. Cuando una familia recibía dólares desde el exterior, podía guardarlos, venderlos en el mercado negro o utilizarlos en intercambios privados. Al obligar a cambiarlos por bonos o permitir que se gastaran en establecimientos estatales, el Gobierno intentaba recuperar el control sobre esas divisas.
En la RDA, por ejemplo, desde 1979 los ciudadanos debían cambiar su dinero occidental por Forum Checks antes de comprar en Intershop. De esta manera, el Estado se quedaba inmediatamente con los marcos occidentales y entregaba unos cheques que solo podían gastarse dentro de su propia red comercial.
Checoslovaquia, Polonia, Bulgaria y Rumanía desarrollaron sistemas semejantes, aunque con normas y nombres diferentes. Lo que compartían era la misma prioridad: transformar el contacto de sus ciudadanos con el extranjero en una fuente de moneda convertible.
Las tiendas de divisas fueron, por tanto, una solución práctica a un problema real de las economías socialistas. Pero esa solución creó otro conflicto mucho más visible para la población: la mayoría de los ciudadanos cobraba únicamente en una moneda que aquellas tiendas no aceptaban.
Para acceder a sus productos había que descubrir primero cómo conseguir dólares, marcos o los bonos que los sustituían.
Cómo conseguía divisas una persona corriente
Para la mayoría de la población, el principal obstáculo no era el precio de los productos, sino disponer de una moneda aceptada en aquellas tiendas.
Un trabajador podía recibir puntualmente su salario, tener algunos ahorros y no sufrir una situación económica especialmente precaria. Sin embargo, todo ese dinero estaba denominado en coronas checoslovacas, marcos orientales o złotys. En Tuzex, Intershop o Pewex, esas cantidades podían ser prácticamente inútiles.
La moneda extranjera no se obtenía normalmente acudiendo a una oficina bancaria y cambiando libremente el salario. Los gobiernos controlaban el acceso a las divisas y trataban de impedir que los dólares o los marcos occidentales circularan fuera de los canales oficiales.
Por eso, la forma más directa de conseguirlos era mantener algún tipo de relación con el extranjero.
Una familia podía recibir dinero de un pariente emigrado, un paquete procedente de Occidente o los ingresos obtenidos por alguien que hubiera trabajado temporalmente fuera del país. También podían acceder a divisas quienes viajaban por motivos profesionales o mantenían algún vínculo autorizado con empresas extranjeras.
Estas conexiones creaban diferencias enormes entre personas con salarios similares.
En Alemania Oriental, quienes tenían familiares en la República Federal podían recibir marcos occidentales y utilizarlos para comprar productos de Intershop. El propio museo Haus der Geschichte señala que disponer de parientes con recursos en Occidente —o acceder por otras vías a moneda occidental— permitía adquirir artículos que para el resto de la población eran muy difíciles de conseguir.
Esto significaba que dos hogares con ingresos oficiales parecidos podían disfrutar de niveles de consumo muy diferentes. Una familia sin contactos exteriores dependía completamente del comercio ordinario. Otra que recibía dinero o paquetes desde Alemania Occidental podía acceder a café, chocolate, cosméticos, ropa o aparatos electrónicos importados.
En la RDA, el Gobierno fue modificando las reglas a medida que comprendía el valor económico de esas remesas. Desde 1979, los ciudadanos que querían comprar en Intershop debían entregar previamente sus marcos occidentales al banco estatal y recibir a cambio los llamados Forum Checks.
El procedimiento cumplía dos objetivos.
Por un lado, permitía que la población gastara el dinero enviado por sus familiares. Por otro, garantizaba que las divisas verdaderamente valiosas quedaran inmediatamente en manos del Estado. Los Forum Checks no podían utilizarse en Alemania Occidental ni cambiarse libremente por otras monedas: solo servían dentro del circuito comercial autorizado por la RDA.
Trabajar en el extranjero podía cambiar la capacidad de consumo
Checoslovaquia desarrolló un mecanismo semejante alrededor de los bonos de Tuzex.
Quienes trabajaban en el extranjero no recibían necesariamente todas sus ganancias directamente en la moneda obtenida fuera del país. El Estado podía entregarles el equivalente en coronas o proporcionarles bonos especiales para comprar en Tuzex.
Estos bonos, conocidos popularmente como bony, no podían adquirirse normalmente en el banco entregando unas cuantas coronas checoslovacas. Para conseguirlos por la vía oficial había que disponer previamente de divisas o tener derecho a recibirlos por trabajos, remesas u otras actividades relacionadas con el extranjero.
Una persona que hubiera trabajado durante un periodo fuera de Checoslovaquia podía, por tanto, regresar con una ventaja importante. No solo podía haber ahorrado más dinero: disponía además de una forma de pago que abría las puertas de Tuzex.
Lo mismo ocurría con quienes tenían familiares emigrados. Los dólares, marcos u otras monedas que llegaban desde fuera podían convertirse en bonos y utilizarse para comprar ropa, aparatos electrónicos, artículos domésticos e incluso automóviles.
Los vaqueros fueron uno de los ejemplos más conocidos. En la Checoslovaquia de las últimas décadas del régimen, podían conseguirse legalmente en Tuzex utilizando divisas enviadas por familiares del extranjero. Para quienes no tenían acceso a esa vía, la alternativa habitual consistía en acudir a vendedores del mercado negro.
Los dólares también llegaron a funcionar como una moneda paralela en Polonia
En Polonia, las tiendas Pewex aceptaban dólares y determinados cheques de divisas, conocidos como bonos o cheques PeKaO.
Los productos importados que allí se vendían —ropa, juguetes, bebidas, dulces, cosméticos o aparatos electrónicos— no estaban disponibles de forma regular en el comercio ordinario. Por eso, conseguir dólares podía resultar mucho más importante que acumular una cantidad equivalente de złotys.
Una parte de esas divisas llegaba a través de familiares emigrados, viajes o trabajos realizados fuera del país. Pero la demanda era tan grande que el sistema oficial nunca pudo controlar completamente su circulación.
El dólar terminó funcionando de hecho como una segunda referencia económica. Aunque no fuera la moneda con la que se pagaban los salarios ni las compras habituales, servía para acceder a los productos que simbolizaban abundancia, calidad o modernidad.
La diferencia podía ser especialmente dolorosa porque muchos de esos objetos no eran lujos extraordinarios. En determinados periodos, Pewex ofrecía artículos cotidianos difíciles de encontrar en las tiendas normales. Unos vaqueros de una marca deseada podían llegar a costar aproximadamente la mitad de un salario mensual medio, pero el problema seguía siendo conseguir los dólares necesarios para pagarlos.

Cuando la vía oficial no bastaba, aparecía el mercado negro
Como la mayoría de los ciudadanos no tenía familiares emigrados ni trabajaba en el extranjero, alrededor de estas tiendas aparecieron redes informales de cambio.
En Checoslovaquia, los cambistas callejeros eran conocidos como veksláci. Solían moverse en los alrededores de las tiendas Tuzex y ofrecían bonos a cambio de coronas checoslovacas.
Su actividad era ilegal, pero estaba suficientemente extendida y organizada como para formar parte del paisaje urbano. Radio Praga recoge que la venta clandestina de bonos se desarrolló porque la población no podía adquirirlos normalmente con coronas en los bancos, y que las autoridades toleraron parcialmente ese comercio porque contribuía a mantener la rentabilidad de Tuzex.
El precio pagado en el mercado negro era muy superior al cambio oficial. Una persona no solo debía ahorrar para comprar el producto: primero tenía que pagar un sobreprecio para conseguir los bonos que le permitieran entrar en la tienda.
En Polonia existía una figura equivalente: el cinkciarz, un cambista privado que compraba y vendía dólares en las inmediaciones de Pewex, hoteles y otros lugares frecuentados por extranjeros. Su negocio nació precisamente de la diferencia entre la enorme demanda de divisas y las restricciones impuestas por el sistema oficial.
Estas operaciones implicaban riesgos. El comprador podía recibir billetes falsos, ser engañado con el tipo de cambio o tener problemas con la policía. Sin embargo, para muchas personas eran la única posibilidad real de acceder a los productos vendidos en las tiendas de divisas.
Tener contactos podía valer más que tener un buen salario
La existencia de estas vías legales e ilegales transformó el valor de las relaciones personales.
Tener un familiar en Occidente, conocer a alguien que trabajaba en el extranjero o saber dónde encontrar a un cambista fiable podía resultar más útil que ganar algunas coronas o złotys adicionales cada mes.
El acceso al consumo dependía así de factores que no aparecían en las estadísticas salariales. Una persona podía no ser especialmente rica según los criterios oficiales, pero vivir rodeada de productos importados gracias a las remesas de un pariente. Otra podía tener un empleo estable y unos ahorros razonables, pero permanecer excluida de ese circuito porque solo disponía de moneda local.
De este modo, las tiendas de divisas crearon una jerarquía que no se basaba únicamente en la profesión o en los ingresos.
La división fundamental estaba entre quienes mantenían algún contacto con el exterior y quienes vivían completamente dentro de la economía oficial.
Pero incluso cuando una persona conseguía dólares o marcos, los gobiernos no siempre le permitían utilizarlos directamente. Para controlar mejor ese dinero, crearon bonos y cheques especiales que llegaron a funcionar como una auténtica segunda moneda dentro de sus propios países.

Bony, Forum Checks y cheques PeKaO: las monedas paralelas del socialismo
Las tiendas de divisas no se limitaban a separar los productos occidentales del comercio ordinario. En varios países crearon además sus propios medios de pago, unos vales que se parecían al dinero, circulaban como dinero y podían alcanzar un valor enorme, pero que no eran una moneda convencional.
Su función oficial era sencilla: impedir que los dólares, marcos y otras divisas fuertes permanecieran en manos de los ciudadanos.
Una persona recibía dinero de un familiar emigrado, cobraba parte de un trabajo realizado en el extranjero o regresaba de un viaje con divisas. Después debía entregarlas al banco o a una institución estatal, que se quedaba con la moneda convertible y proporcionaba a cambio unos bonos o cheques utilizables únicamente en determinados establecimientos.
El ciudadano podía comprar los productos deseados, pero el Estado obtenía inmediatamente aquello que realmente le interesaba: los dólares o los marcos que podía emplear en el comercio internacional.
En la práctica, estos documentos terminaron funcionando como una segunda economía superpuesta a la oficial.
La moneda local servía para pagar el alquiler, el transporte, los alimentos disponibles y la mayoría de los gastos cotidianos. Los vales de divisas, en cambio, abrían el acceso a otro universo de consumo: ropa occidental, café, perfumes, bebidas, electrodomésticos, aparatos electrónicos e incluso automóviles.
Los bony de Tuzex en Checoslovaquia
El ejemplo más conocido en Checoslovaquia fueron los bonos de Tuzex, llamados popularmente bony.
Tuzex había sido creado en 1957 para captar divisas extranjeras. Quien recibía dólares, marcos alemanes, francos suizos u otras monedas aceptadas podía entregarlas al sistema bancario y obtener a cambio estos vales especiales.
Los bony se imprimían en diferentes denominaciones y se utilizaban de una forma muy similar a los billetes. Sin embargo, no servían para comprar en una panadería, pagar el tranvía o abonar el alquiler. Su valor dependía de la posibilidad de utilizarlos dentro de Tuzex.
La mayoría de los ciudadanos no podía acudir simplemente a un banco con coronas checoslovacas y pedir que se las cambiaran por bonos. La vía oficial estaba reservada principalmente a quienes disponían previamente de divisas, habían obtenido ingresos en el extranjero o pertenecían a determinados grupos autorizados, como algunos deportistas, artistas o trabajadores enviados fuera del país.
Esta restricción convirtió los bonos en un objeto enormemente deseado.
Aunque no fueran una moneda oficial de circulación general, los ciudadanos sabían cuánto valían en el mercado negro, qué productos podían comprarse con ellos y cuántas coronas estaban dispuestos a entregar para conseguirlos.
El valor clandestino de un bono podía ser varias veces superior al cambio oficial. Esto significaba que un producto aparentemente asequible en Tuzex se volvía mucho más caro para quien primero debía adquirir los bony a un cambista.
El precio visible en la etiqueta era solo una parte del coste real. Había que añadir el sobreprecio pagado por acceder al sistema.
Una segunda moneda conocida por todo el mundo
Los bony llegaron a estar tan presentes en la cultura cotidiana que incluso quienes nunca compraban en Tuzex conocían su funcionamiento.
En los alrededores de algunas tiendas era habitual escuchar a los veksláci ofrecer discretamente “bony” a los viandantes. Estos cambistas compraban los vales a personas que los habían conseguido legalmente y los revendían a ciudadanos que solo disponían de coronas.
El negocio podía ser muy rentable porque conectaba dos mundos que el sistema oficial mantenía separados.
Por un lado estaban quienes tenían acceso directo a divisas, pero quizá preferían obtener una gran cantidad de moneda local. Por otro, quienes poseían ahorros en coronas, pero querían desesperadamente comprar unos vaqueros, un magnetófono o cualquier otro producto de Tuzex.
El cambista cobraba por unir ambas necesidades.
El Estado perseguía formalmente estas operaciones, pero el mercado negro resultaba difícil de eliminar. La propia existencia de Tuzex generaba una demanda de bonos mucho mayor que la cantidad disponible por las vías autorizadas.
Además, la actividad clandestina beneficiaba indirectamente a las tiendas. Cuantos más ciudadanos conseguían bony, más productos vendía Tuzex y más divisas terminaban entrando en las arcas estatales.
Radio Praga recuerda que los vaqueros se adquirían frecuentemente mediante estos vales y que la vía más habitual para quien no recibía dinero de familiares era comprarlos a los revendedores del mercado negro.
El resultado fue una situación paradójica: el Gobierno trataba de impedir la compraventa privada de los bonos, pero dependía de un sistema comercial cuya rentabilidad alimentaba precisamente ese intercambio clandestino.
Los Forum Checks de Alemania Oriental
En la República Democrática Alemana, el mecanismo recibió otro nombre: Forum Checks.
Desde 1974, los ciudadanos de la RDA pudieron poseer legalmente determinadas divisas occidentales y utilizarlas en las Intershop. Sin embargo, el Gobierno quería evitar que los marcos de Alemania Occidental circularan libremente entre la población.
En 1979 introdujo los Forum Checks.
A partir de ese momento, quien quisiera comprar en una Intershop debía entregar previamente sus marcos occidentales en una sucursal del Banco Estatal de la RDA. A cambio recibía Forum Checks por el mismo valor nominal, que podía gastar únicamente en los establecimientos autorizados.
Un marco occidental se convertía, por tanto, en un Forum Check. Pero ambos documentos no tenían el mismo poder.
El marco occidental podía utilizarse fuera de la RDA, cambiarse por otras monedas o guardarse como una reserva de valor. El Forum Check quedaba atrapado dentro del circuito estatal: no era libremente convertible y su utilidad principal consistía en comprar en las Intershop.
El sistema proporcionaba al Gobierno una ventaja inmediata. En cuanto el ciudadano realizaba el cambio, el Estado obtenía la divisa fuerte, incluso aunque la persona tardara semanas o meses en gastar sus cheques.
También dificultaba que el dinero occidental se utilizara directamente en intercambios privados o continuara alimentando el mercado negro.
El valor político del marco occidental
Los Forum Checks no eliminaron la contradicción que representaban las Intershop. En cierto modo, la hicieron todavía más evidente.
El Gobierno de Alemania Oriental defendía públicamente la superioridad del sistema socialista y presentaba a Alemania Occidental como un rival político e ideológico. Sin embargo, reconocía en la práctica que el marco occidental tenía un valor que su propia moneda no poseía.
El ciudadano entregaba dinero procedente del país capitalista y recibía un vale limitado para comprar productos que no encontraba fácilmente en las tiendas ordinarias.
El mecanismo trataba de ocultar la circulación del marco occidental, pero no podía ocultar su importancia.
La existencia de los Forum Checks demostraba que había dos escalas de valor dentro de la RDA: una oficial, basada en el marco oriental, y otra asociada a la capacidad de acceder a la moneda occidental.
Las familias que recibían dinero desde la República Federal podían comprar café, chocolate, cosméticos, textiles o aparatos electrónicos en Intershop. Quienes no tenían parientes al otro lado de la frontera quedaban fuera de ese circuito, aunque sus ingresos oficiales fueran similares.
Los Forum Checks no resolvían esa desigualdad. Simplemente permitían que el Estado la administrara y obtuviera beneficios de ella.
Los cheques de divisas PeKaO en Polonia
Polonia creó otro sistema paralelo alrededor de los cheques de divisas PeKaO, utilizados durante diferentes periodos para comprar en establecimientos como Pewex.
Estos bonos podían entregarse a personas que recibían divisas desde el extranjero o que tenían fondos depositados en cuentas especiales. En lugar de permitirles retirar siempre los dólares en efectivo, el sistema podía proporcionarles cheques denominados en dólares que servían para comprar dentro de la red autorizada.
Para el Gobierno polaco, el mecanismo ofrecía una ventaja semejante a la de los bony checoslovacos o los Forum Checks alemanes: retenía las divisas reales y devolvía un documento cuyo uso estaba limitado al país.
Pewex aceptaba principalmente moneda extranjera y bonos de divisas. Sus establecimientos se convirtieron en una ventana hacia el consumo occidental, pero también en una herramienta estatal para controlar la distribución de productos importados y captar dólares.
Durante las crisis económicas de las décadas de 1970 y 1980, el contraste entre Pewex y las tiendas normales resultaba especialmente llamativo.
En el comercio ordinario podían encontrarse estanterías vacías, cartillas de racionamiento y largas colas. En Pewex, quien disponía de dólares o cheques adecuados podía acceder a productos importados, bebidas, dulces, juguetes, cosméticos y artículos electrónicos.
El problema no era únicamente que los bienes fueran más caros. Estaban expresados en una unidad económica a la que buena parte de la población no tenía acceso legal.

Bonos con apariencia de dinero, pero sin libertad real
Los diferentes vales solían parecerse a los billetes.
Incluían números de serie, valores nominales, diseños oficiales y medidas contra la falsificación. Podían guardarse en una cartera, entregarse en una caja y recibirse como cambio. Para quien los utilizaba, la experiencia era muy parecida a pagar con dinero.
Pero existía una diferencia fundamental: su uso estaba restringido.
No podían circular libremente en toda la economía, no siempre podían volver a convertirse en divisas y, oficialmente, tampoco debían intercambiarse entre particulares. El Estado determinaba dónde podían gastarse y qué productos podían comprarse con ellos.
Eran dinero sin plena libertad monetaria.
Su existencia permitía a los gobiernos mantener una ficción: los dólares y marcos occidentales no circulaban oficialmente entre la población. En realidad, su valor continuaba presente, pero se encontraba representado por unos papeles creados y controlados por el propio régimen.
El ciudadano no tenía la divisa fuerte, pero sí una especie de sombra de esa divisa.
Una economía oficial y otra economía real
Estos bonos ayudan a entender por qué las economías socialistas no funcionaban únicamente a través de los precios y salarios publicados oficialmente.
Junto a la economía formal existía otra basada en contactos, remesas, paquetes extranjeros, tipos de cambio clandestinos y medios de pago especiales.
El salario mensual indicaba cuánto ganaba una persona en la moneda nacional, pero no explicaba completamente su nivel de vida.
Alguien con familiares en Occidente podía recibir divisas o bonos y comprar productos exclusivos. Otra persona con un sueldo mayor, pero sin acceso al extranjero, podía tener muchas más dificultades para conseguirlos.
Por eso los bony, los Forum Checks y los cheques PeKaO no fueron simples detalles administrativos. Alteraron la forma en la que la población medía la riqueza, interpretaba los precios y valoraba sus relaciones personales.
El poder adquisitivo dependía tanto del salario como del acceso a la moneda paralela.
También generaron una sensación especialmente frustrante: la abundancia existía y podía contemplarse a pocos metros, pero estaba reservada a quienes poseían el papel adecuado.
Una persona podía pasar junto al escaparate, ver unos vaqueros, una cámara fotográfica o un aparato de música y saber que sus ahorros en moneda local no bastaban. Antes de comprar el objeto debía comprar, legal o clandestinamente, el derecho a utilizar aquella tienda.
Y una vez conseguida la moneda correcta, el interior de Tuzex, Pewex o Intershop ofrecía un contraste difícil de olvidar frente al comercio cotidiano.
Qué se podía comprar en las tiendas de divisas y por qué aquellos productos eran tan deseados
Entrar en una Intershop, una Tuzex o una Pewex no significaba necesariamente encontrarse con un establecimiento gigantesco o especialmente lujoso. La diferencia estaba en las estanterías.
En las tiendas ordinarias, la oferta podía ser limitada, irregular o muy parecida durante años. En estos comercios especiales aparecían productos importados, artículos fabricados para la exportación y bienes que, incluso cuando existían en el mercado nacional, resultaban difíciles de encontrar.
En las Intershop de Alemania Oriental se vendían productos como café, chocolate, cigarrillos, cosméticos, textiles y aparatos electrónicos. El atractivo no dependía únicamente de que fueran occidentales: también podían tener una presentación más cuidada, una mayor variedad o estar disponibles sin necesidad de esperar a que llegara un nuevo suministro.
Para muchos clientes, la sensación debía de parecerse a cruzar una pequeña frontera comercial sin abandonar su propia ciudad. Fuera continuaba la economía cotidiana, con sus monedas, precios y limitaciones. Dentro aparecía un mundo diferente, accesible únicamente para quien tuviera dólares, marcos occidentales o los bonos correspondientes.

Café, chocolate y productos que dejaban de parecer cotidianos
Algunos de los artículos más deseados eran alimentos y productos de consumo que hoy pueden parecernos completamente normales.
El café es un buen ejemplo. No era simplemente una bebida: podía convertirse en un producto escaso, de calidad irregular o reservado para ocasiones especiales. Una lata procedente de Intershop tenía un valor que iba más allá de su contenido. El envase, la procedencia y la posibilidad de ofrecerlo a una visita podían transmitir que aquella familia tenía acceso a un circuito de consumo diferente.
Algo semejante ocurría con el chocolate, los cigarrillos, las bebidas alcohólicas, los dulces extranjeros o determinados productos de alimentación. No siempre eran necesidades básicas, pero simbolizaban variedad, abundancia y contacto con una realidad exterior que la propaganda describía, pero que buena parte de la población conocía también a través de la televisión, los turistas, los familiares emigrados y los paquetes enviados desde Occidente.
En Polonia, el contraste podía ser especialmente fuerte durante los periodos de escasez y racionamiento. Mientras comprar en el comercio ordinario exigía en ocasiones hacer cola, utilizar cartillas o aceptar lo que hubiera disponible, quien poseía divisas podía encontrar en Pewex productos importados que no aparecían regularmente en la red comercial normal.
Esta diferencia modificaba la percepción de los objetos. Una caja de bombones no era solo una caja de bombones. Podía convertirse en un regalo importante, en algo que se guardaba para una celebración o en una demostración visible de que alguien tenía dólares, familiares en el extranjero o contactos capaces de conseguirlos.
Perfumes, cosméticos y envases que también transmitían estatus
Los cosméticos y perfumes ocupaban un lugar parecido.
No era únicamente una cuestión de calidad. La variedad de aromas, envases, colores y marcas podía contrastar con una oferta nacional más reducida. El producto occidental llevaba asociada una imagen de modernidad y sofisticación que aumentaba su valor social.
En algunos hogares, incluso el recipiente vacío podía conservarse después de terminar el contenido. Una botella de perfume, una lata de café o una caja extranjera podían reutilizarse como objeto decorativo o recipiente doméstico.
El envase funcionaba así como una pequeña prueba material del contacto con otro mundo.
Esta fascinación no significa que todos los artículos occidentales fueran necesariamente superiores a los fabricados localmente. Los países socialistas producían bienes duraderos, alimentos apreciados y artículos de buena calidad. El problema era la escasez de alternativas y la dificultad para elegir.
La tienda de divisas ofrecía precisamente aquello que faltaba en gran parte del comercio ordinario: diversidad.
El cliente no solo podía comprar un producto diferente. Podía sentir que estaba eligiendo entre varias posibilidades, algo especialmente valioso en economías donde la cuestión habitual no era decidir qué modelo comprar, sino averiguar si quedaba alguno disponible.
Electrodomésticos, cámaras y aparatos electrónicos
Los aparatos electrónicos podían tener todavía más importancia.
Radios, magnetófonos, cámaras fotográficas, televisores, equipos de música o pequeños electrodomésticos eran objetos caros que solían conservarse durante años. Conseguir un modelo importado podía representar una mejora práctica, pero también una forma clara de prestigio.
Una persona podía enseñar el nuevo aparato a familiares, amigos o vecinos. El objeto ocupaba un lugar visible en la vivienda y demostraba que su propietario había conseguido algo difícil de alcanzar para la mayoría.
En este caso, el privilegio no terminaba en el momento de la compra. Seguía siendo visible cada vez que alguien entraba en la casa.
Algunas tiendas de divisas vendían también artículos producidos en el propio país, pero destinados originalmente a mercados extranjeros o seleccionados por su calidad. Desde el punto de vista del Gobierno, tenía sentido reservar determinados productos para el circuito de divisas si podían generar ingresos más valiosos que su venta en moneda local.
Esto añadía otra contradicción: un ciudadano podía descubrir que un producto fabricado por trabajadores de su propio país era más fácil de encontrar en una tienda que no aceptaba su salario habitual.

Los vaqueros: mucho más que unos pantalones
Ningún producto resume mejor el poder simbólico de estas tiendas que los vaqueros.
En Checoslovaquia, fueron una de las prendas más deseadas durante las últimas décadas del régimen. Se asociaban con Estados Unidos, la cultura juvenil, la música occidental y una forma de vestir que transmitía informalidad y modernidad.
Los ciudadanos podían conseguirlos mediante familiares que vivían fuera, establecimientos que ocasionalmente vendían algún modelo por coronas, imitaciones fabricadas de manera informal o, sobre todo, comprándolos en Tuzex con divisas o bonos obtenidos en el mercado negro.
Marcas como Levi’s o la italiana Rifle adquirieron una dimensión enorme. En partes de Checoslovaquia, el nombre Rifle llegó incluso a utilizarse de manera coloquial como sinónimo de pantalón vaquero, una muestra de hasta qué punto una marca concreta podía marcar la experiencia de toda una generación.
Llevar unos vaqueros auténticos comunicaba varias cosas a la vez.
Podía indicar que alguien tenía familiares en Occidente, que había viajado, que conocía a un cambista o que su familia había realizado un esfuerzo económico considerable. También mostraba una conexión cultural con el exterior y, especialmente entre los jóvenes, una forma de diferenciarse de la estética oficial.
La prenda adquiría valor precisamente porque conseguirla no era sencillo.
Unos vaqueros comprados hoy en cualquier cadena internacional son un artículo cotidiano. En aquel contexto podían concentrar deseo, identidad, rebeldía y estatus social.
Juguetes y regalos que marcaban la infancia
Los juguetes extranjeros tuvieron un efecto parecido entre los niños.
Un coche en miniatura, una muñeca, un juego electrónico o un artículo con un diseño diferente podían convertirse en objetos muy codiciados. Quien recibía uno de estos regalos no solo tenía un juguete nuevo: poseía algo que sus compañeros quizá conocían únicamente por fotografías, televisión o relatos de familiares.
Las diferencias podían hacerse visibles en cumpleaños, celebraciones y reuniones familiares.
Un paquete enviado desde el extranjero o una compra realizada en Pewex, Tuzex o Intershop podía transformar un objeto sencillo en el regalo del que todo el mundo hablaba.
Esto explica también por qué el recuerdo de aquellas tiendas suele aparecer unido a emociones muy intensas. Para algunos antiguos clientes, representan desigualdad y frustración. Para otros evocan la emoción de la infancia, el olor de un producto desconocido o la primera vez que pudieron comprar algo que llevaban años deseando.
Ambas memorias pueden coexistir.
Una persona podía recordar con cariño el juguete o los vaqueros que recibió y, al mismo tiempo, reconocer que el sistema que permitía obtenerlos excluía a buena parte de la población.
Comprar un producto era también comprar una historia
Los artículos adquiridos en estas tiendas no se consumían siempre con la misma rapidez con la que hoy se sustituyen muchos objetos.
Un electrodoméstico se reparaba y conservaba durante años. Una prenda especial se cuidaba cuidadosamente. Una botella podía reservarse para una celebración. Una caja o bolsa podía reutilizarse después de vaciarse.
En parte, esto respondía al precio y a la dificultad de reemplazar el producto. Pero también al esfuerzo previo necesario para conseguirlo.
Detrás de una compra podía haber una remesa enviada desde el extranjero, meses de ahorro, una visita al banco, un intercambio con un cambista o una cadena de favores familiares. El objeto llevaba incorporada toda esa historia.
Por eso el valor real no coincidía siempre con el indicado en la etiqueta.
Había un coste económico, pero también un coste de acceso. Antes de pagar el producto, el comprador debía haber conseguido la moneda, el bono o el contacto adecuado.
Escaparates visibles, productos inaccesibles
La fascinación por estas tiendas tenía una cara mucho menos agradable.
Sus escaparates eran visibles para personas que no podían comprar dentro. Un trabajador podía detenerse delante de unos vaqueros, una cámara o una cafetera y saber que sus ahorros en moneda local no servían.
La mercancía estaba cerca físicamente, pero pertenecía a otro sistema económico.
Esta situación podía resultar más frustrante que la simple ausencia del producto. No se trataba de algo inexistente o imposible de importar. Estaba allí, dentro de una tienda estatal, reservado para quienes dispusieran del medio de pago correcto.
Las tiendas de divisas convertían así las desigualdades invisibles en algo muy concreto.
Bastaba observar quién salía con una bolsa, quién recibía paquetes del extranjero o quién vestía determinadas marcas para intuir qué familias mantenían conexiones con Occidente.
Los productos no solo satisfacían necesidades o deseos. Funcionaban como señales sociales.
Y esa función explica por qué Tuzex, Pewex e Intershop provocaron tanta atracción como malestar. Eran espacios de abundancia relativa, pero también recordatorios de que no todos los ciudadanos participaban de la misma economía.
El discurso oficial podía insistir en la igualdad, pero una simple prenda, una lata de café o un aparato electrónico bastaban para mostrar que el acceso a las divisas estaba creando nuevas diferencias dentro de la sociedad.
Cómo las tiendas de divisas crearon privilegios y nuevas desigualdades sociales
Los gobiernos socialistas presentaban oficialmente sus sociedades como sistemas capaces de reducir las grandes diferencias económicas del capitalismo. Sin embargo, las tiendas de divisas introdujeron una división que no dependía únicamente del salario, la profesión o el puesto ocupado dentro del Estado.
La frontera más importante comenzó a trazarse entre quienes tenían acceso a moneda extranjera y quienes solo disponían de la moneda nacional.
Dos trabajadores podían cobrar una cantidad parecida, vivir en edificios semejantes y comprar en los mismos establecimientos ordinarios. Pero si uno recibía marcos occidentales de un familiar, viajaba por motivos profesionales o tenía algún contacto con el extranjero, podía acceder a Intershop, Tuzex o Pewex. El otro quedaba limitado a la oferta disponible en el comercio habitual.
La Fundación Haus der Geschichte describe expresamente esta situación en Alemania Oriental como la aparición de una “sociedad de dos clases”: quienes tenían familiares con recursos en Occidente o conseguían divisas por otras vías podían comprar los productos deseados de Intershop, mientras que quienes no poseían moneda extranjera observaban ese consumo desde fuera. La desigualdad provocó envidia, malestar e incluso ataques contra algunos establecimientos.
El acceso a Occidente podía importar más que el salario
Esta nueva jerarquía no coincidía necesariamente con la división tradicional entre ricos y pobres.
Una familia podía tener unos ingresos oficiales modestos, pero recibir regularmente paquetes o dinero desde Alemania Occidental. Otra podía disponer de un salario superior y, sin embargo, no tener ninguna conexión exterior.
La primera conseguía café, chocolate, cosméticos, ropa o aparatos que no estaban disponibles con regularidad en la RDA. La segunda podía tener más marcos orientales ahorrados, pero esos ahorros no le permitían comprar directamente en Intershop.
Los llamados Westpakete, los paquetes enviados desde Alemania Occidental, contenían a menudo productos inexistentes o difíciles de encontrar en la RDA. Recibir uno era un acontecimiento especial y era frecuente que la familia lo abriera reunida, una escena que muestra el valor emocional y material alcanzado por bienes aparentemente cotidianos.
El nivel de vida real no podía medirse, por tanto, observando únicamente la nómina.
También había que conocer las redes familiares, los permisos para viajar, la relación con turistas y extranjeros, el acceso al mercado negro y la posibilidad de recibir remesas. Buena parte de ese capital social permanecía fuera de las estadísticas oficiales, pero podía modificar profundamente la vida cotidiana.
Una persona no necesitaba ocupar un puesto especialmente importante para adquirir productos occidentales si tenía un hermano en Múnich o un tío en Chicago. Y alguien con un empleo respetado podía no disponer de ninguno de esos bienes si permanecía completamente dentro de la economía nacional.
Una desigualdad visible en la ropa y en los hogares
La diferencia se hacía especialmente evidente porque muchos productos adquiridos en estas tiendas eran visibles.
Unos vaqueros, unas zapatillas, un perfume o una chaqueta podían llevarse por la calle. Un equipo de música, una cámara o un electrodoméstico se mostraban cada vez que familiares, vecinos o amigos visitaban una vivienda.
Los productos de Intershop incluían alimentos, ropa, juguetes, joyas, cosméticos y aparatos electrónicos que frecuentemente no existían en el comercio ordinario de la RDA o se encontraban en una calidad inferior. Por ello, poseerlos revelaba inmediatamente que alguien había accedido a divisas o mantenía algún vínculo privilegiado con Occidente.
El objeto funcionaba como una señal social.
No era necesario preguntar cómo lo había conseguido su propietario. Los demás podían imaginar que detrás había un familiar emigrado, un viaje, una amistad, un empleo relacionado con el extranjero o una operación en el mercado negro.
Incluso los envases y las bolsas podían prolongar esa visibilidad. Una lata de café, una botella o una caja importada podían reutilizarse y permanecer en la vivienda mucho después de haber consumido el producto.
Así, la desigualdad no estaba escondida en una cuenta bancaria. Se llevaba puesta, se colocaba sobre un mueble o se servía a las visitas.
El privilegio no era solo económico
Tener acceso a estas tiendas también implicaba disponer de información y contactos.
Había que saber cómo conseguir bonos, reconocer a un cambista fiable, conocer el precio real de los vales en el mercado negro o tener algún familiar dispuesto a enviar dinero desde el extranjero.
En Checoslovaquia, los bony de Tuzex adquirieron valor precisamente porque no podían obtenerse libremente entregando coronas. Alrededor de ellos apareció un circuito clandestino de cambistas que conectaba a quienes recibían divisas con quienes estaban dispuestos a pagar un sobreprecio para conseguirlas.
Quien sabía moverse dentro de esa economía informal tenía una ventaja sobre quien seguía exclusivamente los canales oficiales.
La desigualdad generada por estas tiendas no se limitaba, por tanto, al dinero disponible. También afectaba al conocimiento del sistema, las relaciones personales y la capacidad para asumir determinados riesgos.
Una persona con contactos podía conseguir un producto rápidamente. Otra podía dedicar meses a ahorrar y continuar sin saber cómo acceder al medio de pago adecuado.
La moneda nacional quedaba degradada dentro del propio país
Estas tiendas enviaban además un mensaje incómodo sobre el valor de la moneda oficial.
El marco oriental servía para cobrar un salario, pagar la vivienda o comprar alimentos en la RDA. Sin embargo, no permitía adquirir determinados productos en una tienda estatal situada dentro del propio territorio.
El Gobierno de Alemania Oriental criticaba políticamente a la República Federal, pero aceptaba con entusiasmo sus marcos. Desde 1979, el ciudadano debía entregarlos al Banco Estatal y recibir Forum Checks antes de comprar en Intershop. El Estado obtenía la divisa occidental, mientras que el comprador recibía un vale limitado al circuito comercial oriental.
La operación demostraba cuál de las dos monedas poseía auténtico valor internacional.
El Forum Check representaba nominalmente al marco occidental, pero no podía utilizarse con la misma libertad. El ciudadano entregaba una moneda válida fuera del país y recibía un documento que solo servía en determinados establecimientos.
La introducción de ese intermediario permitió al Gobierno controlar mejor el dinero, pero no eliminó la percepción de que existían una moneda de primera categoría y otra de segunda.
Para buena parte de la población, el problema no era únicamente que algunos productos fueran caros. Era comprobar que el salario pagado por el propio Estado no permitía comprarlos, mientras que la moneda de su adversario ideológico abría inmediatamente las puertas.
El escaparate convertía la diferencia en frustración
La escasez de un producto podía explicarse afirmando que no existía, que no había podido importarse o que era necesario priorizar otras necesidades.
Las tiendas de divisas destruían parcialmente esa explicación.
Los artículos estaban allí. Podían contemplarse en los escaparates y adquirirse de inmediato. El impedimento no era su inexistencia, sino el tipo de dinero que poseía el cliente.
Pewex cumplió en Polonia esa función de “ventana hacia Occidente”: distribuía de forma controlada productos importados o ausentes de las tiendas normales, pero reservaba el acceso a quienes disponían de moneda fuerte o de los cheques autorizados.
La abundancia y la escasez podían coexistir en la misma calle.
Una persona podía salir de una tienda ordinaria sin haber encontrado aquello que buscaba y pasar minutos después frente a un establecimiento donde ese producto sí estaba disponible. La diferencia se encontraba en el bolsillo: no en cuánto dinero tenía, sino en qué dinero tenía.
Esto podía generar una frustración mayor que la ausencia completa de mercancía. La tienda demostraba que el Estado era capaz de ofrecer variedad y calidad, pero prefería reservarlas para quien pudiera pagar con una divisa internacionalmente útil.

El resentimiento hacia quienes recibían dinero del extranjero
Las tiendas también podían alterar las relaciones entre ciudadanos.
Quien aparecía con productos occidentales podía despertar admiración, curiosidad o envidia. En algunos casos, su acceso se interpretaba como el resultado de una ventaja inmerecida: no necesariamente había trabajado más o desempeñado una profesión mejor pagada, sino que tenía familiares en el lugar adecuado.
El problema era particularmente sensible en Alemania Oriental, donde la división del país había separado a familias y creado oportunidades muy diferentes según el lado en el que vivieran sus parientes. Las autoridades reconocieron el malestar causado por Intershop y trataron de ofrecer alternativas pagaderas en moneda oriental, como las tiendas Exquisit para ropa y artículos de mayor calidad y, posteriormente, las tiendas Delikat para alimentos y productos selectos.
Pero estas alternativas tampoco resolvieron completamente la cuestión.
Sus precios podían ser muy elevados y su oferta no eliminaba la atracción de las marcas y productos occidentales. Más que terminar con la desigualdad, añadían otro nivel de consumo reservado a quienes podían pagar precios superiores con moneda local.
El sistema terminaba ofreciendo varias capas comerciales: la tienda ordinaria, el establecimiento especial más caro y la tienda de divisas. Cada una respondía a un nivel diferente de acceso y disponibilidad.
Una economía supuestamente igualitaria con varias categorías de consumidores
La existencia de estos circuitos hizo que los consumidores dejaran de ser iguales ante el comercio estatal.
Estaban quienes compraban en establecimientos normales y dependían de la oferta del momento. Estaban quienes podían pagar precios elevados en tiendas especiales. Y estaban quienes poseían dólares, marcos o bonos y accedían al nivel más atractivo del sistema.
Las diferencias no siempre coincidían con las categorías sociales reconocidas oficialmente, pero eran evidentes en la práctica.
Además, el Estado obtenía beneficios de esa separación. Necesitaba las divisas y sabía que los productos occidentales actuaban como un poderoso incentivo para que la población entregara el dinero recibido desde fuera.
Cerrar las tiendas habría reducido una fuente importante de moneda convertible. Mantenerlas significaba aceptar el malestar que generaban.
Por eso los gobiernos intentaron administrar la contradicción en lugar de eliminarla. Crearon vales, limitaron la circulación de divisas, vigilaron los intercambios privados y desarrollaron comercios alternativos. Pero mientras una tienda estatal aceptara la moneda extranjera y rechazara la nacional, la jerarquía continuaba siendo evidente.
¿Eran realmente tiendas reservadas para una élite?
No siempre formaban una élite en el sentido político o económico tradicional.
El acceso podía llegar por caminos muy diferentes: una remesa familiar, una temporada trabajando en el extranjero, el contacto con turistas, un regalo, la venta clandestina de divisas o la compra de bonos en el mercado negro.
Esto hacía que el grupo de clientes fuera cambiante y heterogéneo.
No todos eran altos funcionarios ni personas ricas. Algunas familias realizaban grandes sacrificios para comprar un solo artículo. Un joven podía ahorrar durante meses en moneda local y gastarlo todo en los bonos necesarios para adquirir unos vaqueros. Una familia podía reservar durante años las divisas recibidas para comprar un electrodoméstico.
Sin embargo, aunque el acceso no estuviera limitado a una élite cerrada, seguía siendo desigual.
La diferencia esencial era que algunos podían convertir sus ahorros y contactos en productos, mientras que otros ni siquiera disponían de una vía realista para intentarlo.
Las tiendas no crearon por sí solas todas las desigualdades de las sociedades socialistas, pero las hicieron extraordinariamente visibles. Mostraron que la igualdad de salarios o precios oficiales no garantizaba una igualdad real en el acceso al consumo.
El Estado terminó reconociendo aquello que intentaba negar
La mayor contradicción era que estos sistemas comerciales fueron creados por los mismos gobiernos que afirmaban proteger a la población de las desigualdades capitalistas.
Al aceptar dólares, marcos o vales vinculados a ellos, el Estado reconocía de forma práctica que no todas las monedas tenían el mismo valor y que no todos los ciudadanos podían comprar lo mismo.
También reconocía que los productos occidentales ejercían una atracción que la propaganda no había conseguido eliminar.
Intershop, Tuzex y Pewex no eran mercados clandestinos creados contra el sistema. Formaban parte del propio sistema. Sus cajas registradoras, sus empleados y sus mercancías estaban bajo control estatal.
Por eso resultaban tan reveladoras.
No mostraban únicamente que algunas personas querían vaqueros, café o aparatos extranjeros. Mostraban que el Estado estaba dispuesto a convertir ese deseo en una fuente de ingresos, aunque para hacerlo tuviera que construir una red comercial basada en el privilegio que oficialmente trataba de combatir.
Sin embargo, aunque todas estas cadenas compartieron esa contradicción, no tuvieron exactamente el mismo origen ni desempeñaron el mismo papel en cada país. Intershop comenzó mirando principalmente a los viajeros extranjeros, Tuzex desarrolló una cultura propia alrededor de sus bonos y Pewex llegó a adquirir una importancia extraordinaria durante las crisis de abastecimiento polacas.

Las diferencias entre Tuzex, Pewex e Intershop
Tuzex, Pewex e Intershop suelen aparecer juntas porque compartían una misma lógica: captar divisas extranjeras ofreciendo productos difíciles de conseguir en el comercio ordinario.
Sin embargo, no fueron exactamente versiones idénticas de una misma tienda.
Cada cadena nació en un contexto diferente, desarrolló sus propios medios de pago y terminó ocupando un lugar particular en la memoria de la población. Intershop estuvo profundamente marcada por la división de Alemania; Tuzex generó toda una cultura alrededor de los bony y los cambistas; y Pewex adquirió una relevancia enorme durante las crisis de abastecimiento de la Polonia comunista.
Compararlas permite comprender que la experiencia del consumo no fue igual en todos los países situados tras el Telón de Acero.
Intershop: conseguir los marcos que entraban en Alemania Oriental
La red Intershop fue creada en la República Democrática Alemana en 1962 con un objetivo muy concreto: impedir que los viajeros occidentales atravesaran el país sin gastar sus divisas.
Las primeras tiendas se instalaron principalmente en estaciones ferroviarias, aeropuertos, pasos fronterizos, hoteles y carreteras de tránsito. Eran lugares frecuentados por ciudadanos de Alemania Occidental, turistas y transportistas que llevaban marcos occidentales en el bolsillo.
Desde el punto de vista del Gobierno oriental, cada viajero representaba una oportunidad. Aunque solo comprara cigarrillos, alcohol, café o algún recuerdo antes de abandonar el país, dejaba una moneda que la RDA necesitaba para importar tecnología, materias primas y productos del mercado internacional.
Su orientación inicial explica incluso el nombre de la cadena: Intershop transmitía la idea de un comercio relacionado con los viajes y los intercambios internacionales.
Durante sus primeros años, estos establecimientos no estaban pensados principalmente para la población de Alemania Oriental. Los ciudadanos podían encontrarlos dentro de su territorio, pero no siempre tenían permitido comprar allí ni poseer legalmente la moneda necesaria.
La situación cambió durante la década de 1970.
El Gobierno comprendió que muchas familias de la RDA recibían marcos de parientes residentes en Alemania Occidental. También existían ingresos procedentes de visitantes, regalos y otros contactos familiares. Prohibir completamente su utilización significaba renunciar a una fuente considerable de divisas.
Desde 1974, los ciudadanos orientales pudieron poseer legalmente dinero occidental y utilizarlo en buena parte de las Intershop. En 1979, sin embargo, se introdujo la obligación de cambiarlo previamente por Forum Checks. El Estado se quedaba así con los marcos occidentales y entregaba unos vales que solo podían gastarse dentro de su propio circuito comercial.
Intershop se convirtió entonces en una institución estrechamente ligada a la frontera alemana.
No todos los ciudadanos de la RDA tenían las mismas posibilidades de recibir dinero del otro lado. Quienes mantenían familiares en la República Federal disfrutaban de una ventaja que no dependía necesariamente de su trabajo o de su salario oriental.
Por eso la cadena generó un malestar especialmente intenso. El marco de Alemania Occidental, procedente del rival político del régimen, permitía comprar dentro de la RDA productos que el marco oriental no podía adquirir.

Una red muy vinculada a estaciones, hoteles y rutas de tránsito
La localización de las Intershop también las diferenciaba de otras cadenas.
Aunque acabaron extendiéndose por numerosas ciudades, conservaron una fuerte presencia en los espacios relacionados con la movilidad internacional. Podían encontrarse en aeropuertos, estaciones, puertos, áreas de descanso de las carreteras que conectaban Alemania Occidental con Berlín Occidental y hoteles destinados a visitantes extranjeros.
Este carácter fronterizo hacía que las tiendas funcionaran casi como una interrupción dentro del territorio de la RDA.
Un viajero occidental encontraba productos conocidos y pagaba con su propia moneda. Un ciudadano oriental contemplaba esos mismos establecimientos como espacios de acceso restringido, aunque estuvieran situados a pocos metros de una estación que utilizaba habitualmente.
La diferencia entre ambos clientes no estaba únicamente en su nacionalidad, sino en la divisa que llevaban.
Los productos disponibles incluían café, chocolate, cigarrillos, bebidas, cosméticos, textiles, aparatos electrónicos y otros bienes asociados al consumo occidental. En algunos casos también se vendían artículos fabricados en la propia RDA para empresas o mercados exteriores, aunque no estuvieran disponibles para la población en las tiendas normales.
Intershop fue, por tanto, el resultado directo de una situación geográfica y política muy particular: dos Estados alemanes, dos monedas y millones de vínculos familiares atravesando una frontera ideológica.
Tuzex: el país de los bony y los veksláci
Tuzex comenzó a funcionar en Checoslovaquia en 1957 y desarrolló una identidad distinta.
Su nombre procedía de una abreviatura relacionada con el comercio exterior y su misión era, de nuevo, atraer las divisas que llegaban al país. Pero con el paso del tiempo dejó de ser únicamente una red comercial y se transformó en un fenómeno cultural reconocido por prácticamente toda la población.
La gran particularidad de Tuzex fue la importancia alcanzada por sus bonos, los famosos bony.
Los clientes no podían pagar normalmente con coronas checoslovacas. Necesitaban moneda extranjera o los vales entregados a cambio de ella. Como la mayoría de la población carecía de una vía oficial para obtenerlos, los bony comenzaron a circular clandestinamente y adquirieron el carácter de una auténtica moneda paralela.
En torno a ellos aparecieron los veksláci, cambistas que se situaban cerca de las tiendas y ofrecían bonos a cambio de coronas. El comprador debía pagar un precio muy superior al cambio oficial, pero conseguía así entrar en un circuito comercial que de otra manera habría permanecido cerrado.
Esta presencia del mercado negro es uno de los elementos que más claramente identifican la experiencia de Tuzex.
No era necesario tener dólares físicamente para comprar. Una persona podía ahorrar coronas, encontrar a un cambista y adquirir los bonos, aunque el proceso encareciera enormemente el producto y entrañara riesgos.
Los bony llegaron a formar parte del vocabulario popular, del cine y de la memoria colectiva. Su intercambio era ilegal, pero tan conocido que pocas personas podían fingir que ignoraban cómo funcionaba.
Una oferta mucho más amplia de lo que sugiere la palabra “lujo”
Tuzex suele describirse como una cadena de tiendas de lujo, aunque esta denominación puede resultar engañosa.
En sus establecimientos había productos evidentemente caros o exclusivos, pero también artículos que hoy consideraríamos completamente cotidianos: chicles, café, prendas de vestir, cosméticos, juguetes, música o pequeños aparatos para el hogar.
Su carácter excepcional no dependía siempre del precio o de la sofisticación del objeto. Dependía de que fuera diferente, estuviera disponible o procediera de Occidente.
Los vaqueros se convirtieron en el producto más emblemático. Las familias podían recibirlos directamente de parientes extranjeros, pero la vía dominante para muchos ciudadanos consistía en comprarlos en Tuzex, utilizando divisas enviadas desde fuera o bonos adquiridos en el mercado negro.
Marcas como Levi’s o Rifle quedaron profundamente asociadas con la cadena. De hecho, el nombre de la marca italiana Rifle llegó a utilizarse coloquialmente como sinónimo de pantalón vaquero entre parte de la población checoslovaca.
La oferta de Tuzex podía incluir también productos fabricados en Checoslovaquia para la exportación, artículos para el hogar e incluso bienes de gran valor. Esto reforzaba la percepción de que dentro de la tienda se encontraba una versión mejor abastecida y más atractiva del propio país.
El ciudadano podía reconocer el origen local de un artículo y, al mismo tiempo, descubrir que no podía adquirirlo con la moneda en la que cobraba.
Tuzex se integró profundamente en la vida cotidiana checoslovaca
A diferencia del origen eminentemente fronterizo de Intershop, Tuzex terminó formando parte de la experiencia urbana de numerosas ciudades checoslovacas.
Era un lugar que se conocía, se comentaba y se utilizaba como referencia. Las familias sabían quién recibía bonos, qué productos habían llegado, cuánto pedían los cambistas y qué artículos merecían realmente el esfuerzo.
El acceso podía depender de un pariente emigrado, un trabajo realizado en el extranjero, un artista que hubiera cobrado fuera del país o una operación clandestina.
Esa red de relaciones convirtió a Tuzex en una representación muy clara de la economía de favores y contactos que existía paralelamente a la planificación oficial.
Radio Praga ha descrito sus establecimientos como un “oasis capitalista” dentro de la Checoslovaquia comunista: un espacio que calmaba parcialmente el deseo de consumo, pero que al mismo tiempo hacía visibles la desigualdad y la fascinación por Occidente.

Pewex: dólares frente a las estanterías vacías de Polonia
Pewex nació en Polonia en 1972 y adquirió una importancia especial durante las dificultades económicas de las décadas de 1970 y 1980.
Su propio nombre procedía de Przedsiębiorstwo Eksportu Wewnętrznego, una expresión que podría traducirse como Empresa de Exportación Interna.
El concepto de “exportación interna” resumía perfectamente la lógica del negocio.
En una exportación normal, el Estado vendía un producto fuera del país y recibía moneda extranjera. Con Pewex podía obtener el mismo resultado sin que la mercancía cruzara la frontera: vendía dentro de Polonia, pero cobraba en dólares u otras divisas fuertes.
Para el Gobierno polaco, esta fórmula permitía captar parte del dinero enviado por los numerosos emigrantes y familiares residentes en Estados Unidos, Canadá o Europa Occidental.
Para los clientes, Pewex funcionaba como una de las pocas vías legales para adquirir inmediatamente productos difíciles de encontrar en el mercado ordinario. La cadena distribuía bienes importados y otros artículos fuera de los circuitos habituales de racionamiento y escasez.
Pewex no fue solo una boutique para productos exclusivos
La diferencia principal respecto a Tuzex e Intershop estuvo en el contexto económico de Polonia.
Durante algunos periodos, la escasez alcanzó productos básicos y el comercio ordinario quedó marcado por las colas, las cartillas de racionamiento y una oferta muy irregular. En esa situación, Pewex no representaba únicamente el acceso a perfumes, bebidas o vaqueros extranjeros.
También podía ofrecer productos relativamente normales que simplemente no estaban disponibles de forma regular fuera de la cadena.
Quien tenía dólares no siempre acudía allí buscando un lujo extravagante. Podía querer café, dulces, cigarrillos, productos para el hogar, juguetes o un electrodoméstico que habría requerido una espera interminable en otro establecimiento.
El contraste entre las tiendas normales y Pewex convirtió a la cadena en una “ventana hacia Occidente”, pero también en una demostración de las limitaciones internas de la economía polaca.
La experiencia podía resultar especialmente chocante porque ambas realidades coexistían en la misma ciudad.
En una tienda, la persona esperaba durante horas sin saber qué encontraría al llegar al mostrador. En Pewex, los productos estaban disponibles, pero solo para quien poseyera dólares o los correspondientes cheques de divisas.
El dólar tuvo en Polonia una presencia especialmente visible
Aunque también se utilizaron cheques PeKaO, el dólar alcanzó en la sociedad polaca una importancia difícil de ocultar.
Las remesas enviadas por la emigración, el cambio clandestino y el prestigio de la moneda estadounidense hicieron que funcionara como una referencia paralela para valorar productos y ahorros.
Los cambistas conocidos como cinkciarze se movían alrededor de hoteles, estaciones y establecimientos Pewex. Compraban y vendían divisas al margen del cambio oficial y permitían que personas sin contactos directos en el extranjero accedieran al sistema.
Pewex se encontraba así en el centro de una economía en la que el dólar circulaba simultáneamente como objeto de deseo, reserva de valor, medio de pago y símbolo de seguridad frente a la inestabilidad del złoty.
Esto distinguía parcialmente a la experiencia polaca de la checoslovaca.
En Checoslovaquia, los bony adquirieron una identidad propia tan fuerte que podían parecer más importantes que la divisa original. En Polonia, el dólar mantuvo una presencia social mucho más directa y reconocible.

Tres cadenas, tres experiencias diferentes
Las diferencias pueden resumirse de esta manera:
Intershop nació para capturar el dinero de viajeros occidentales y quedó profundamente vinculada a la frontera entre las dos Alemanias. El marco occidental y las relaciones familiares con la República Federal determinaron quién podía comprar allí.
Tuzex desarrolló el sistema de bonos más reconocible y generó una cultura propia alrededor de los bony, los veksláci y la búsqueda de productos occidentales. Su funcionamiento quedó profundamente integrado en la vida cotidiana checoslovaca.
Pewex adquirió una importancia especial en una Polonia marcada por las crisis económicas, la inflación, el racionamiento y las grandes comunidades emigradas. El dólar no servía únicamente para adquirir artículos exclusivos: podía ofrecer una salida frente a las carencias del comercio ordinario.
Las tres redes captaban divisas y ofrecían productos deseados, pero no representaban exactamente la misma cosa para sus clientes.
Para un alemán oriental, Intershop podía recordar constantemente la existencia de familiares y oportunidades al otro lado del muro.
Para un checoslovaco, Tuzex podía significar meses de ahorro, la búsqueda de bony y la conversación susurrada con un cambista a pocos metros de la puerta.
Para un polaco, Pewex podía convertirse en el lugar donde aparecía de inmediato aquello que las tiendas normales no eran capaces de garantizar.
Sin embargo, las tres compartían una debilidad fundamental: solo resultaban especiales mientras las fronteras, las monedas y el comercio permanecieran fuertemente controlados.
Cuando los regímenes socialistas comenzaron a desaparecer y los productos importados llegaron a las tiendas ordinarias, estas cadenas perdieron rápidamente la función que las había convertido en instituciones únicas.
Qué ocurrió con Tuzex, Pewex e Intershop después de 1989
Las tiendas de divisas solo podían conservar su carácter excepcional mientras se mantuvieran tres condiciones: monedas nacionales difíciles de convertir, importaciones muy controladas y una clara separación económica entre Europa Oriental y Occidental.
Cuando los regímenes socialistas comenzaron a caer en 1989, esas condiciones desaparecieron con enorme rapidez.
Los nuevos gobiernos abrieron sus economías, permitieron una mayor circulación de divisas y facilitaron la entrada de empresas y productos extranjeros. En pocos años aparecieron comercios privados, supermercados y distribuidores capaces de vender con moneda nacional los mismos artículos que antes exigían dólares, marcos occidentales o bonos especiales.
Tuzex, Pewex e Intershop no desaparecieron porque la población dejara de desear café, vaqueros, perfumes o aparatos electrónicos. Desaparecieron porque esos productos dejaron de necesitar una tienda excepcional.
Intershop perdió su función antes incluso de desaparecer la RDA
En Alemania Oriental, el cambio fue especialmente rápido.
A finales de los años ochenta existían aproximadamente 250 establecimientos Intershop. Su función era captar marcos occidentales y otras divisas ofreciendo artículos que no podían comprarse normalmente con la moneda de la RDA.
Pero la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 transformó completamente el contexto.
La población oriental pudo viajar con mucha mayor libertad, cruzar hacia Alemania Occidental y comprar directamente en sus comercios. Los productos que durante décadas habían estado concentrados en Intershop dejaron de encontrarse detrás de una frontera comercial controlada por el Estado.
El golpe definitivo llegó el 1 de julio de 1990, cuando entró en vigor la unión monetaria, económica y social entre las dos Alemanias. El marco alemán occidental pasó a ser el único medio de pago en la RDA, sustituyendo al marco oriental.
A partir de ese momento, una tienda creada precisamente para vender a cambio de marcos occidentales dejó de tener sentido.
La moneda especial se había convertido en la moneda de todos. Ya no existía una población que cobrara en marcos orientales, pero necesitara Forum Checks para acceder a determinados productos.
Las Intershop desaparecieron durante 1990, coincidiendo con la integración económica y posteriormente política de Alemania Oriental en la República Federal. Los objetos conservados por la Fundación Haus der Geschichte sitúan la existencia de la cadena entre 1962 y 1990.
El final fue extraordinariamente rápido si se compara con la importancia que habían adquirido.
Durante décadas, Intershop había simbolizado el acceso privilegiado a Occidente. En cuestión de meses, sus productos comenzaron a competir con toda la oferta comercial de Alemania reunificada.

De escaparate extraordinario a tienda innecesaria
La desaparición de Intershop no significó que todos los habitantes de la antigua RDA pudieran comprar inmediatamente cuanto quisieran.
La apertura trajo una variedad de productos desconocida hasta entonces, pero también una transformación económica muy dura. Muchas empresas orientales quedaron expuestas de forma repentina a la competencia internacional, mientras la privatización y el cierre de fábricas provocaron desempleo e inseguridad en numerosas regiones.
Por tanto, la abundancia comercial no equivalió automáticamente a una mejora económica inmediata para todas las familias.
Los escaparates se llenaron, pero algunas personas perdieron su empleo o vieron desaparecer la empresa en la que habían trabajado durante años. La dificultad dejó de consistir en encontrar el producto o conseguir la divisa adecuada y pasó a ser, en muchos casos, disponer de ingresos suficientes para comprarlo.
Este cambio resulta importante para evitar una explicación demasiado sencilla.
Antes de 1989, un ciudadano podía tener dinero en moneda local y no encontrar el producto. Después de la apertura, podía encontrarlo fácilmente, pero quizá no pudiera permitírselo debido a la incertidumbre laboral, los nuevos precios o la transformación de su economía familiar.
El comercio pasó de estar condicionado por la escasez y el acceso a divisas a depender mucho más directamente de la capacidad económica del consumidor.
Tuzex sobrevivió brevemente a la Revolución de Terciopelo
En Checoslovaquia, Tuzex no desapareció inmediatamente después de la Revolución de Terciopelo de noviembre de 1989.
Durante un breve periodo trató de continuar operando en la nueva economía. La marca era conocida, poseía establecimientos, experiencia comercial y una relación consolidada con proveedores extranjeros.
Pero su elemento esencial —los bonos de Tuzex— perdió rápidamente su utilidad.
Con una mayor libertad para cambiar moneda, viajar y abrir negocios privados, ya no tenía sentido obligar a los ciudadanos a entregar sus divisas al Estado y recibir a cambio unos vales limitados a una sola red comercial.
Los bony, que durante décadas habían alimentado un mercado negro y permitido el acceso a productos occidentales, comenzaron a ser eliminados definitivamente en 1992. La televisión pública checa recuerda que el Gobierno decidió iniciar su liquidación en la primavera de aquel año.
La desaparición de los bonos fue un golpe mortal para el antiguo modelo de Tuzex.
La cadena había construido su identidad alrededor de la exclusividad: productos especiales, medios de pago especiales y clientes con un acceso especial al extranjero. Cuando cualquier comercio privado podía importar mercancías y venderlas por coronas, esa posición desapareció.
Tuzex intentó adaptarse, pero ya no era el único lugar donde encontrar vaqueros occidentales, aparatos electrónicos, café o cosméticos. Lo que anteriormente había atraído a clientes durante meses comenzó a aparecer en numerosas tiendas nuevas.
A comienzos de los años noventa, la empresa fue privatizada y acabó entrando en liquidación. La prensa económica checa describió la supresión de los bonos como el golpe que terminó destruyendo el modelo comercial sobre el que se había construido Tuzex.

Los veksláci también perdieron su negocio
La desaparición de Tuzex afectó también a los cambistas que habían vivido alrededor de sus establecimientos.
Los veksláci obtenían beneficios gracias a una restricción muy concreta: los ciudadanos querían comprar en Tuzex, pero no podían conseguir legalmente los bonos entregando coronas checoslovacas.
Cuando las monedas pudieron cambiarse con mayor libertad y los productos extranjeros comenzaron a venderse por vías normales, esa intermediación dejó de ser necesaria.
Ya no hacía falta buscar discretamente a alguien en la calle, negociar el precio de los bonos y asumir el riesgo de ser engañado o detenido. Bastaba con entrar en una tienda privada y pagar con la moneda nacional.
El conocimiento y los contactos que anteriormente proporcionaban una ventaja perdieron buena parte de su valor.
Esto demuestra que el mercado negro no había aparecido simplemente porque existieran personas dispuestas a infringir la ley. Había surgido porque el sistema oficial no podía satisfacer una demanda que él mismo estimulaba mediante los escaparates de Tuzex.
Cuando desapareció la restricción, también desapareció buena parte del negocio clandestino generado alrededor de ella.
Pewex intentó sobrevivir dentro del capitalismo
Pewex tuvo una evolución diferente.
La cadena polaca no desapareció inmediatamente con el final de la República Popular. A partir de 1990 comenzó a aceptar złotys, algo que anteriormente no había hecho, y trató de transformarse en una empresa comercial convencional.
En principio, Pewex podía parecer bien situada para competir.
Era una marca conocida en todo el país, disponía de una amplia red de establecimientos y mantenía una imagen asociada con productos extranjeros, modernidad y una oferta superior a la de las antiguas tiendas estatales.
Pero precisamente esa ventaja comenzó a desaparecer.
Durante el comunismo, Pewex no necesitaba competir en igualdad de condiciones. Quien quería determinados productos debía acudir allí porque apenas existían alternativas. Tras la liberalización, comenzaron a entrar en Polonia supermercados, cadenas internacionales, importadores privados y miles de pequeños comerciantes.
El cliente ya no necesitaba dólares ni debía visitar un establecimiento especial. Podía comparar precios, elegir entre diferentes tiendas y encontrar productos occidentales pagando con złotys.
Pewex dejó de ser una ventana exclusiva al mundo exterior y se convirtió en un comercio más dentro de un mercado cada vez más competitivo.
La cadena polaca arrastró graves problemas financieros
La adaptación no funcionó como esperaban sus responsables.
Durante los primeros años de la nueva economía, Pewex trató de conservar su prestigio y ampliar su oferta, pero acumuló deudas importantes. En 1994, la empresa debía más de 70 millones de dólares y tenía alrededor de 90 acreedores.
Su enorme reconocimiento público no garantizaba que pudiera competir con las nuevas empresas privadas.
La estructura heredada del Estado, los costes de la red comercial, los problemas de gestión y la pérdida de su antiguo monopolio fueron debilitando la compañía. Pewex fue privatizada durante la década de 1990, pero terminó entrando en bancarrota.
Su trayectoria muestra una paradoja interesante.
La cadena había sobrevivido durante años en una economía marcada por la escasez porque poseía algo que los demás comercios no podían ofrecer. Cuando llegó una economía basada en la competencia y la abundancia relativa, perdió precisamente aquello que la hacía valiosa.
No bastaba con haber sido el lugar donde varias generaciones habían visto sus primeros vaqueros occidentales, una muñeca extranjera o un televisor moderno. Ahora debía competir en precios, distribución, servicio y variedad con empresas creadas específicamente para el nuevo mercado.

Los productos occidentales dejaron de ser excepcionales
La gran transformación posterior a 1989 no consistió únicamente en cerrar unas cadenas de tiendas.
Cambió el significado de los propios productos.
Unos vaqueros dejaron de indicar necesariamente que alguien tenía familiares en Occidente o conocía a un cambista. Un perfume extranjero ya no demostraba automáticamente que una persona había conseguido dólares. Una caja de chocolates importados podía comprarse en un supermercado sin recurrir a bonos o contactos.
Los objetos perdieron parte de su capacidad para señalar el acceso privilegiado al extranjero.
Esto no eliminó la desigualdad. Simplemente modificó su naturaleza.
En el sistema anterior, la división fundamental estaba entre quienes poseían divisas y quienes solo tenían moneda local. En la nueva economía, la diferencia pasó a depender principalmente del nivel de ingresos, el empleo y la capacidad para pagar los precios del mercado.
La disponibilidad dejó de ser el principal obstáculo. Lo fue cada vez más la capacidad económica.
De símbolo de privilegio a recuerdo generacional
Aunque las tiendas desaparecieron, sus nombres continuaron ocupando un lugar importante en la memoria de quienes habían vivido aquella época.
Tuzex podía evocar los primeros vaqueros, el olor de un producto extranjero o el nerviosismo de comprar bony a un cambista. Pewex podía recordar una infancia marcada por juguetes y dulces que no aparecían en las tiendas ordinarias. Intershop podía estar ligada a los paquetes enviados por familiares o a la primera compra realizada con marcos occidentales.
Estos recuerdos explican por qué algunas personas hablan de aquellas cadenas con cierta nostalgia.
Pero la nostalgia suele estar dirigida al objeto, al momento familiar o a la emoción de conseguir algo difícil, no necesariamente al sistema que hacía tan complicado obtenerlo.
Una persona puede recordar con cariño el día en que recibió unos vaqueros de Tuzex y, al mismo tiempo, considerar absurdo que su familia tuviera que buscar bonos en el mercado negro para comprarlos.
También puede recordar la emoción de entrar en Pewex sin desear regresar a una época de colas, racionamiento o escasez.
La memoria cotidiana rara vez es completamente política. Está formada por olores, envases, regalos, conversaciones familiares y objetos que acompañaron momentos importantes de la vida.
El final de las tiendas reveló cuál había sido su verdadera función
Cuando Tuzex, Pewex e Intershop perdieron su exclusividad, quedó claro que nunca habían sido simples comercios.
Habían funcionado como una solución provisional a problemas estructurales: falta de divisas, monedas no convertibles, escasez de productos, dificultades para importar y deseo de controlar el dinero recibido desde el extranjero.
Mientras esos problemas existieron, las tiendas pudieron parecer imprescindibles.
Cuando las fronteras comerciales se abrieron y la moneda extranjera dejó de ser un privilegio administrado por el Estado, su modelo quedó obsoleto.
El café, los vaqueros y los aparatos electrónicos continuaron vendiéndose. Lo que desapareció fue la necesidad de poseer una moneda paralela para acceder a ellos.
Y precisamente por eso, aunque sus locales cerraran, Tuzex, Pewex e Intershop siguieron siendo poderosos símbolos de una época: recordaban que en buena parte de la Europa socialista comprar un objeto no dependía únicamente de tener dinero.
También había que tener el dinero correcto.
La nostalgia por Tuzex, Pewex e Intershop y lo que queda hoy de aquellas tiendas
Aunque sus establecimientos desaparecieron, Tuzex, Pewex e Intershop continuaron vivas en los recuerdos de millones de personas.
No se conservan únicamente como conceptos económicos o instituciones del antiguo sistema socialista. Se recuerdan a través de objetos muy concretos: los primeros vaqueros, una lata de café, una botella extranjera, un juguete recibido en Navidad o el aparato de música que una familia cuidó durante décadas.
Esa dimensión emocional explica por qué las antiguas tiendas de divisas siguen apareciendo en exposiciones, documentales, libros, páginas dedicadas a la cultura retro e incluso nuevas marcas comerciales que reutilizan sus nombres.
Sin embargo, hablar de nostalgia en este caso exige cierta cautela.
Recordar con cariño un producto comprado en Tuzex o Pewex no significa necesariamente echar de menos las restricciones que obligaban a pagar con dólares, bonos o cheques especiales. Con frecuencia, la nostalgia está dirigida a la juventud, la familia y la emoción de conseguir algo excepcional, no al sistema político y económico que convertía aquel objeto en un privilegio.
La emoción de conseguir algo difícil de reemplazar
En una economía de consumo actual, muchos productos pueden comprarse rápidamente y sustituirse cuando se estropean o pasan de moda.
En la Europa socialista, detrás de una compra realizada en una tienda de divisas podía existir una historia mucho más larga: un familiar que enviaba dinero desde otro país, meses de ahorro, una visita al banco, la búsqueda de un cambista o una ocasión especial para gastar los bonos acumulados.
El objeto se encontraba unido a todo ese proceso.
Unos vaqueros no eran simplemente unos pantalones. Podían ser la recompensa después de meses de espera, el primer artículo occidental de un adolescente o una prenda que había exigido una parte importante del salario familiar.
Una mujer entrevistada en relación con una exposición dedicada a los vaqueros de Tuzex recordaba que, con dieciséis años, llevó sus primeros pantalones como si fueran un tesoro y todavía conservaba en la memoria la marca. Ese tipo de testimonio explica por qué un producto aparentemente ordinario puede adquirir un peso emocional que dura décadas.
La dificultad para conseguirlo aumentaba también el cuidado con el que se utilizaba.
La ropa se reparaba, los electrodomésticos se mantenían durante años y los envases podían conservarse después de consumir su contenido. Una bolsa, una caja o una lata extranjera seguían transmitiendo una historia incluso cuando el producto original ya había desaparecido.
Recordar la vida cotidiana no equivale a idealizar el régimen
La memoria personal no funciona como un manual de historia.
Quien fue niño o adolescente durante aquellas décadas puede recordar amistades, celebraciones, música, vacaciones y regalos sin que eso implique una valoración positiva del sistema político. Los momentos importantes de una vida continúan siendo importantes aunque hayan ocurrido dentro de una dictadura.
Esta diferencia resulta fundamental para entender la nostalgia relacionada con Tuzex, Pewex e Intershop.
La persona puede recordar con afecto el día en que su padre regresó con un juguete de Pewex, pero no echar de menos las estanterías vacías de otras tiendas. Puede conservar una lata de Intershop y, al mismo tiempo, considerar profundamente injusto que el salario oriental no sirviera para comprarla. Puede sonreír al hablar de los bony y reconocer que tener que recurrir a un cambista era absurdo.
Un antiguo productor de la televisión checa explicaba esta mirada retro señalando que, con el paso del tiempo, las personas suelen conservar los buenos recuerdos y relegar los peores. Su programa pretendía revisar las modas y los objetos cotidianos de la Checoslovaquia comunista sin convertir esa mirada en una idealización del régimen.
La nostalgia puede, por tanto, convivir con una visión crítica.
No se añora necesariamente la escasez. Se añora la emoción asociada a determinadas experiencias que ocurrieron durante aquel periodo.
Los objetos cotidianos se han convertido en piezas de museo
Las tiendas de divisas ocupan hoy un lugar importante en los museos dedicados a la vida bajo los regímenes socialistas.
En Berlín, la exposición permanente “La vida cotidiana en la RDA”, organizada por la Fundación Haus der Geschichte, utiliza objetos originales, documentos, testimonios y material audiovisual para explicar cómo el régimen influía en el trabajo, el ocio, la vivienda y el consumo. La muestra no presenta la vida diaria como una sucesión de grandes acontecimientos políticos, sino a través de los espacios y objetos que acompañaban a la población.
Intershop aparece también en los contenidos del Tränenpalast, la antigua terminal fronteriza de la estación Friedrichstraße de Berlín. Allí, el comercio en divisas se integra dentro de una historia más amplia sobre viajes, vigilancia, separación familiar y contacto entre las dos Alemanias.
El propio origen de las Intershop estuvo ligado a esa estación. Los primeros puntos de venta fueron pequeños puestos para viajeros occidentales, antes de que la red se extendiera por aeropuertos, hoteles, pasos fronterizos y rutas de tránsito. En la década de 1980 llegaron a existir cientos de establecimientos.
En la República Checa, exposiciones dedicadas a los vaqueros y al consumo anterior a 1989 han recuperado bonos, prendas y recuerdos relacionados con Tuzex. Una muestra celebrada en Praga en 2023 utilizó precisamente los vaqueros para contar cómo la población conseguía artículos occidentales y por qué algunas marcas terminaron formando parte del vocabulario cotidiano.
Los antiguos bienes de consumo han pasado así de los escaparates a las vitrinas.
Una lata, un cheque o una bolsa que en su momento simbolizaban acceso privilegiado sirven ahora para explicar las contradicciones del sistema a generaciones que nunca utilizaron aquellas tiendas.

Pewex se convirtió en una marca de cultura retro
En Polonia, el nombre Pewex mantiene una presencia especialmente visible.
La marca ha sido recuperada en internet y actualmente existe una tienda en línea que vende diferentes productos, incluidos artículos con el logotipo de Pewex. También mantiene una sección retro dedicada a la cultura popular y la vida cotidiana de las décadas de 1950 a 1990.
Esta reutilización no debe confundirse con una continuidad directa de la antigua empresa estatal. El Pewex original perdió su posición privilegiada, atravesó problemas financieros y desapareció del mercado tras la transformación económica.
Lo que sobrevive es principalmente el nombre como símbolo.
Para numerosos polacos, la palabra Pewex sigue evocando escaparates bien abastecidos, dólares, juguetes extranjeros, dulces, bebidas y productos que contrastaban con el comercio ordinario. Esa asociación permite convertir una antigua institución económica en una marca retro reconocible.
Camisetas, gorras y objetos decorativos utilizan hoy su logotipo de manera parecida a otras marcas vinculadas con la cultura popular del siglo XX.
La ironía es evidente: una cadena creada por un Estado socialista para captar dólares ha terminado convertida en una marca comercial que explota libremente la nostalgia dentro de una economía capitalista.
El nombre Tuzex también ha sido reutilizado
Algo parecido ha ocurrido con Tuzex.
Actualmente existen comercios en línea que utilizan el nombre de la antigua cadena, aunque no sean una continuación directa del sistema estatal checoslovaco. Uno de ellos incluso juega con el recuerdo histórico al anunciar que ya no hacen falta bony para comprar.
La referencia funciona porque prácticamente cualquier persona que viviera en Checoslovaquia durante las últimas décadas del régimen reconoce inmediatamente la relación entre Tuzex y los bonos.
El nombre transmite todavía ideas de exclusividad, productos extranjeros y artículos poco habituales.
También han aparecido proyectos comerciales inspirados explícitamente en su legado, utilizando Tuzex como sinónimo de prendas limitadas o productos que no se encuentran fácilmente en otros establecimientos.
De nuevo, no se trata de la resurrección de la antigua empresa tal como funcionaba antes de 1989. Son reutilizaciones contemporáneas de una marca con enorme capacidad evocadora.
La verdadera Tuzex dependía de monedas no convertibles, restricciones comerciales y bonos controlados por el Estado. Una tienda actual puede conservar el nombre, el diseño o la broma sobre los bony, pero opera dentro de una economía completamente diferente.
Intershop no necesitó resucitar como cadena para permanecer en la memoria
El nombre Intershop no ha tenido en Alemania el mismo tipo de recuperación comercial visible que Pewex o Tuzex.
Su recuerdo permanece principalmente unido a la historia de la RDA, los museos, las fotografías y los objetos conservados por las familias.
Esto puede deberse, en parte, a que Intershop está inseparablemente asociada con la división alemana. No era solo una tienda de productos occidentales: representaba la existencia simultánea de dos Alemanias, dos monedas y una frontera que atravesaba ciudades, carreteras y relaciones familiares.
El establecimiento adquiría su significado al aceptar el marco occidental dentro de un país donde la población cobraba en marcos orientales.
Cuando Alemania se reunificó y la moneda occidental pasó a ser la moneda común, la función de Intershop desapareció de una forma tan completa que resultaba difícil transformarla en una cadena comercial convencional.
Su legado se conserva mejor como objeto histórico que como marca.
Una caja, un cartel o un Forum Check cuentan inmediatamente una historia sobre el muro, los familiares occidentales y la desigual capacidad de consumo dentro de la RDA.
La nostalgia también puede borrar las partes incómodas
El éxito de la cultura retro plantea un riesgo: reducir el pasado a una colección de envases bonitos, juguetes antiguos y anécdotas divertidas.
Las tiendas de divisas tenían una estética reconocible y estaban asociadas con productos deseados, lo que facilita presentarlas como lugares casi mágicos. Pero ese recuerdo queda incompleto si se olvida por qué resultaban tan excepcionales.
Tuzex no fascinaba únicamente porque vendiera vaqueros. Fascinaba porque comprar esos vaqueros con coronas era prácticamente imposible.
Pewex no parecía abundante de manera aislada. Parecía abundante porque coexistía con tiendas afectadas por problemas de suministro, racionamiento y colas.
Intershop no era solo un establecimiento con café y aparatos electrónicos. Era una tienda estatal de Alemania Oriental que reconocía en la práctica el poder del marco emitido por Alemania Occidental.
Los objetos pueden despertar cariño, pero el contexto explica su significado.
Por eso los museos y los proyectos históricos suelen combinar los productos con testimonios, documentos y explicaciones sobre escasez, control de divisas y desigualdad. La exposición permanente sobre la vida cotidiana en la RDA, por ejemplo, presenta los objetos dentro de la tensión entre las afirmaciones oficiales del régimen y la experiencia real de la población.
Lo que queda es una memoria profundamente ambivalente
Tuzex, Pewex e Intershop pueden provocar hoy una mezcla de emociones.
Para una generación representan juventud, regalos, música y el descubrimiento de productos diferentes. Para otra simbolizan restricciones absurdas, privilegios familiares y el desprecio práctico hacia la moneda nacional.
Ambas interpretaciones pueden ser verdaderas al mismo tiempo.
Una tienda podía producir ilusión a quien finalmente conseguía entrar y frustración a quien contemplaba el escaparate sin disponer de la moneda adecuada. El mismo producto podía ser un recuerdo feliz para una persona y una prueba de desigualdad para otra.
Ese carácter ambivalente explica por qué siguen despertando interés décadas después de su desaparición.
No eran simples comercios y tampoco fueron únicamente instrumentos de propaganda. Eran puntos de contacto entre dos sistemas económicos, lugares donde los gobiernos socialistas trataban de aprovechar el poder de atracción del consumo occidental sin permitir que sus monedas circularan libremente.
Sus nombres sobreviven porque resumen en una sola imagen buena parte de aquella contradicción: una tienda dentro del país, administrada por el Estado y llena de productos disponibles, en la que el salario pagado por ese mismo Estado podía no servir.
Las cadenas cerraron, los bonos dejaron de circular y los productos extranjeros llegaron al comercio ordinario. Pero Tuzex, Pewex e Intershop siguen recordándonos que, durante décadas, comprar algo en la Europa socialista no dependía solamente de cuánto dinero tuviera una persona.
Dependía, sobre todo, de qué dinero llevaba en el bolsillo.