España y Marruecos: quién necesita más a quién y dónde está el verdadero riesgo

España y Marruecos mantienen una de esas relaciones que se entienden mal cuando intentamos reducirlas a una sola palabra. No son aliados sin fisuras, pero tampoco enemigos. Cooperan muchísimo, desconfían en cuestiones fundamentales y, sobre todo, se necesitan más de lo que cualquiera de los dos probablemente querría reconocer.

Comercio, migración, seguridad, narcotráfico, terrorismo, Ceuta y Melilla, Sáhara Occidental, inversiones, energía, Unión Europea… prácticamente cualquier crisis entre Madrid y Rabat toca varios asuntos a la vez.

Y quizá por eso el verdadero riesgo no sea una hipotética guerra entre España y Marruecos.

El riesgo puede estar mucho antes.

En que alguno de los dos llegue a pensar que puede presionar un poco más al otro sin que tenga consecuencias.

Una relación demasiado importante para romperla

En diciembre de 2025, España y Marruecos celebraban en Madrid su XIII Reunión de Alto Nivel.

No parecía precisamente una reunión entre dos países que se estuvieran preparando para enfrentarse.

Los dos gobiernos hablaban del excelente momento de las relaciones y firmaron catorce acuerdos de cooperación. España seguía siendo el primer socio comercial de Marruecos —posición que mantiene desde 2012— y ambos países profundizaban sus vínculos en ámbitos que van desde agricultura e infraestructuras hasta seguridad, educación o transición energética.

No es simplemente diplomacia ceremonial.

Las economías española y marroquí están cada vez más conectadas. Miles de empresas españolas venden productos a Marruecos o tienen intereses en el país. Los puertos del Estrecho forman parte de cadenas logísticas compartidas y el Mundial de 2030 obligará a aumentar todavía más la cooperación entre España, Marruecos y Portugal.

Pero probablemente la parte más delicada no esté en las empresas.

Está en la seguridad.

España necesita colaboración marroquí para controlar determinadas rutas migratorias, luchar contra las redes de narcotráfico, intercambiar información antiterrorista y gestionar una frontera europea extraordinariamente compleja.

Marruecos, por su parte, necesita acceso al mercado europeo, inversión, comercio y una relación política estable con uno de los países europeos capaces de defender sus intereses dentro de Bruselas.

Ninguno puede simplemente levantarse de la mesa y marcharse.

El Marruecos de 2026 ya no es el Marruecos de hace veinte años

Hay además una transformación que muchas veces se pierde en el debate español.

Marruecos está cambiando.

El Banco Mundial estima que su economía creció alrededor de un 4,9 % en 2025, su mejor ritmo en una década, impulsada entre otros factores por una enorme inversión en infraestructuras. Para 2026 prevé otro crecimiento sólido, en torno al 4,2 %.

Pero las cifras del PIB cuentan solamente una parte.

Marruecos ha desarrollado durante años una potente industria automovilística y aeronáutica, ha convertido Tánger Med en uno de los grandes centros logísticos del Mediterráneo y está invirtiendo en ferrocarril, energías renovables, infraestructuras, turismo y proyectos asociados al Mundial de 2030. El Banco Mundial destaca también su creciente integración en cadenas globales de producción y su posición logística entre Europa y África.

Y esto tiene una consecuencia política.

El Marruecos de 2026 tiene más ambición que el Marruecos de hace dos décadas.

Quiere inversión, pero también influencia.

Quiere buenas relaciones con Europa, pero no quiere ser tratado simplemente como el país que recibe dinero europeo para controlar una frontera.

Quiere convertirse en una potencia regional con capacidad para actuar en África, negociar con Europa y conseguir que sus prioridades diplomáticas sean escuchadas.

Y ninguna prioridad es mayor que el Sáhara Occidental.

El Sáhara: el asunto con el que Marruecos mide a sus socios

En 2022 España tomó una de las decisiones más importantes de su política exterior reciente.

El Gobierno de Pedro Sánchez pasó a considerar la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental como la base “más seria, realista y creíble” para intentar resolver el conflicto.

Para Marruecos aquello fue muchísimo más que una frase diplomática.

España era la antigua potencia colonial. Que Madrid acercase su posición a Rabat tenía un valor simbólico y político enorme.

Desde entonces el contexto internacional también se ha movido.

La Resolución 2797 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aprobada en octubre de 2025, reconoció el amplio apoyo internacional acumulado por la propuesta marroquí y afirmó que una autonomía genuina bajo soberanía marroquí podría constituir una solución especialmente viable.

Pero el texto también mantiene algo fundamental: la necesidad de alcanzar una solución política mutuamente aceptable y compatible con el principio de autodeterminación.

Es decir, Marruecos ha avanzado diplomáticamente mucho.

Pero el conflicto no está jurídicamente cerrado.

Y ahí aparece otro actor incómodo: la Unión Europea.

En 2024, el Tribunal de Justicia de la UE anuló decisiones relacionadas con acuerdos agrícolas y pesqueros entre Bruselas y Rabat aplicados al Sáhara Occidental al considerar que no se había obtenido correctamente el consentimiento del pueblo saharaui.

Así que puede ocurrir algo aparentemente contradictorio.

Los gobiernos europeos pueden acercarse políticamente a Marruecos mientras los tribunales europeos ponen límites jurídicos a esa aproximación.

Y Madrid está justo en medio.

La migración es la herramienta más inmediata

Si el Sáhara representa una de las grandes prioridades marroquíes, la migración representa probablemente la vulnerabilidad española más visible.

Marruecos dedica enormes recursos a impedir desplazamientos hacia Ceuta, Melilla y las costas españolas.

Esto significa algo bastante evidente: la frontera española funciona de una manera cuando existe una cooperación marroquí intensa y de otra muy distinta cuando esa cooperación resulta insuficiente.

La crisis de Ceuta de finales de julio de 2026 volvió a demostrarlo.

Decenas de miles de personas intentaron alcanzar territorio español en muy poco tiempo, alentadas entre otros factores por mensajes en redes sociales y por interpretaciones erróneas de una reciente decisión judicial española. La situación desbordó las capacidades de Ceuta y desencadenó una crisis humanitaria, política y europea.

¿Significa eso que Marruecos decidió deliberadamente “abrir la frontera”?

No podemos demostrarlo.

Pero hay una cuestión bastante más interesante que esa acusación.

Días después, cuando volvieron a circular convocatorias para intentar una nueva entrada masiva, Marruecos desplegó fuerzas de seguridad, bloqueó desplazamientos y detuvo a cientos de personas antes de que alcanzaran Ceuta.

Y ahí queda perfectamente expuesto el poder de la geografía.

Marruecos no necesita “abrir” una frontera.

Le basta con que España y Europa sepan cuánto depende la estabilidad de esa frontera de la intensidad con la que Rabat decida vigilarla.

No es exactamente lo mismo.

Pero políticamente puede resultar incluso más útil.

Aduana de Ceuta

Ceuta y Melilla: ¿más útiles como problema pendiente?

Pocos asuntos elevan tanto la temperatura como Ceuta y Melilla.

Para España no existe negociación posible sobre su soberanía.

Para Marruecos, en cambio, ambas ciudades forman parte de una reivindicación histórica que nunca ha desaparecido completamente.

Y en agosto de 2026 la cuestión volvió a asomar públicamente después de que el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, reiterase la reivindicación de Rabat. España respondió inmediatamente afirmando que la integridad territorial española no está abierta a negociación.

Pero aquí hay una posibilidad interesante.

Quizá, hoy, Ceuta y Melilla sean más útiles para Marruecos como problema pendiente que como objetivo inmediato.

Intentar alterar su soberanía por la fuerza tendría unos costes económicos, diplomáticos y militares gigantescos.

Mantener viva la reivindicación, en cambio, cuesta muchísimo menos.

Permite recordar periódicamente que existe un conflicto de soberanía.

Mantiene presión política.

Genera debate dentro de España.

Y puede utilizarse como elemento simbólico cuando las relaciones bilaterales atraviesan momentos de tensión.

Eso no significa que Marruecos tenga necesariamente un plan secreto para recuperar las ciudades.

Significa algo bastante más sencillo: los conflictos territoriales pueden proporcionar poder incluso cuando nadie pretende resolverlos inmediatamente.

España también sabe dónde puede hacer daño

Sería un error, sin embargo, imaginar una España completamente rehén de Marruecos.

Porque Madrid posee una herramienta que Rabat no tiene.

La Unión Europea.

Marruecos puede ejercer una presión muy inmediata sobre España gracias a la geografía.

España puede convertir un problema bilateral en un problema europeo.

Y eso cambia completamente el equilibrio.

Acceso al mercado común.

Política comercial.

Visados.

Financiación europea.

Agricultura.

Pesca.

Cooperación.

Inversiones.

Son herramientas con una capacidad de presión enorme sobre una economía que mantiene una relación extremadamente estrecha con Europa.

De hecho, después de la reciente crisis migratoria en Ceuta, el comisario europeo de Migración, Magnus Brunner, llegó a plantear públicamente que la UE debía utilizar todas sus palancas —incluidas las políticas comercial y de visados— para garantizar una cooperación eficaz de Marruecos.

Y ahí encontramos un equilibrio muy curioso.

Marruecos tiene herramientas capaces de hacer daño a España rápidamente.

España y Europa tienen herramientas capaces de hacer daño a Marruecos durante mucho más tiempo.

Por eso ambos tienen incentivos para presionar.

Y también para detenerse antes de ir demasiado lejos.

La verdadera escalada ocurre mucho antes que una guerra

Cuando se habla de un enfrentamiento entre España y Marruecos es fácil terminar contando aviones, fragatas y soldados.

Pero probablemente esa sea la parte menos útil para entender la relación.

Antes de cualquier enfrentamiento militar existe una enorme escalera de presión.

Puede comenzar con una declaración de un ministro.

Continuar con la llamada a consultas de un embajador.

Después aparecen dificultades administrativas.

Una aduana tarda más.

Una reunión se aplaza.

Una cooperación policial pierde intensidad.

Las readmisiones migratorias se complican.

España busca apoyo europeo.

Bruselas amenaza con visados o comercio.

Rabat responde elevando otra cuestión bilateral.

Nada de esto es una guerra.

Pero todo puede formar parte de una escalada.

Es la llamada zona gris: actuaciones suficientemente importantes para presionar al vecino, pero deliberadamente inferiores al nivel que justificaría una respuesta extrema.

Y aquí está probablemente el verdadero peligro.

¿Qué ocurre si alguien calcula mal?

Imaginemos una crisis completamente plausible.

España toma una decisión judicial o administrativa que afecta a la frontera.

Marruecos considera que esa decisión hace más difícil controlar la migración y exige algún cambio.

Madrid responde que no puede modificar una sentencia judicial.

Rabat reduce parte de su esfuerzo.

España considera que Marruecos está utilizando la frontera como instrumento de presión.

Madrid lleva la cuestión a Bruselas.

La UE amenaza con medidas económicas o de visados.

Rabat interpreta la maniobra como una agresión política y responde endureciendo su posición en una aduana, en un acuerdo comercial o en algún asunto relacionado con Ceuta, Melilla o el Sáhara.

Entonces entra en juego la política interior.

En España ningún Gobierno quiere parecer sometido a Marruecos.

En Marruecos ningún Gobierno quiere aparecer cediendo ante España.

Y de repente la cuestión inicial deja de ser el problema.

El problema pasa a ser:

¿quién retrocede primero?

Nadie necesitaba querer una gran crisis para llegar hasta ahí.

Bastaba con que, en cada escalón, alguien pensase que todavía podía presionar un poco más.

La guerra es casi una distracción

¿Podrían España y Marruecos enfrentarse militarmente algún día?

Naturalmente, ningún escenario internacional puede descartarse para siempre.

Pero hoy sería una posibilidad extraordinariamente remota.

Una guerra destruiría gran parte de lo que ambos países llevan años construyendo.

Comercio.

Inversiones.

Cooperación antiterrorista.

Relaciones con Europa.

El Mundial de 2030.

Estabilidad regional.

Y obligaría además a otros actores europeos y atlánticos a posicionarse.

Por eso preguntar exclusivamente quién tiene más aviones o quién ganaría una guerra puede ser entretenido, pero desvía la atención del lugar donde realmente se ejerce el poder todos los días.

Una frontera.

Una aduana.

Un acuerdo.

Una votación europea.

Una posición sobre el Sáhara.

Una cooperación policial.

Es ahí donde España y Marruecos se miden constantemente.

Entonces, ¿quién necesita más a quién?

Probablemente ninguno puede responder cómodamente.

España necesita a Marruecos para gestionar su frontera sur y para mantener una cooperación indispensable en seguridad y migración.

Marruecos necesita a España para profundizar su integración económica con Europa, atraer inversión y conseguir apoyo político dentro de la Unión Europea.

La diferencia está en el tipo de poder.

Marruecos tiene geografía.

España tiene Europa.

Marruecos puede generar problemas muy rápidamente.

España puede contribuir a crear problemas económicos y diplomáticos mucho más profundos.

Y quizá precisamente por eso la relación funciona.

Ninguno puede imponerse completamente al otro.

Ninguno puede permitirse romper.

Pero los dos tienen herramientas para presionar.

El problema llegará si alguno confunde esa capacidad de presión con una capacidad ilimitada.

Porque España y Marruecos seguirán siendo vecinos independientemente de quién gobierne en Madrid, quién gobierne en Rabat o cómo evolucione el conflicto del Sáhara.

Los separan apenas unos kilómetros de mar.

Hay millones de personas, miles de empresas y enormes intereses estratégicos conectando ambas orillas.

Y eso convierte la cooperación en una necesidad.

Pero también convierte cada error de cálculo en algo potencialmente mucho más serio.

Quizá, por tanto, la pregunta correcta no sea si España y Marruecos acabarán enfrentándose.

La pregunta es otra:

¿hasta dónde puede presionar uno al otro antes de descubrir que ha ido demasiado lejos?


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